Por Carlos Aguirre Salinas

En el mundo cristiano es común repetir de memoria aquél texto bíblico que dice: “Satanás vino a matar y destruir”. En la teología cristiana estas dos acciones son inaceptables y prohibidas para la práctica individual o colectiva. Ante hechos de muerte y destrucción toma relevancia el mandamiento mosaico y expresado por Jesús: “no matarás”, uno de los principales mandamientos retomados por los catecismos católicos y protestantes, por lo tanto, también enseñado durante las homilías, las prédicas, las escuelas bíblicas, el adoctrinamiento y las catequesis.

Nicaragua es un país donde su población se confiesa cristiana, sin embargo su fe ha sido quebrantada por los últimos acontecimientos que han traído luto, dolor y preocupación a las familias y comunidades, porque se ha estado incumpliendo el mandamiento de “no matarás”, ya se cuentan muchas personas muertas y destrucción de bienes públicos y privados, el cual son promovidas por políticos que manipulan las mentes débiles y las envían a cometer violencia en nombre de la justicia.

En las parroquias y templos evangélicos sus líderes llaman a restaurar el ambiente de seguridad social y tranquilidad en Nicaragua, el cual ha sido distintivo nacional entre los países latinoamericanos y en el mundo entero, pero ahora las imágenes que se venden en los medios de comunicación y las redes sociales, es un país en un caos total. Desde luego que eso afecta la imagen del país, pero sobre todo es un pésimo ejemplo para la nueva generación que no entiende lo que está pasando y que añora una sociedad donde se le permita vivir en completa paz y con las oportunidades necesarias para su plena realización personal, familiar y comunitaria.

Los dirigentes religiosos han sido claros en sus mensajes, hablan a favor de la vida y no de la muerte, añoran la creación en vez de la destrucción, porque ser cristiano es tener amor por los demás y ser constructores de aquellos que conlleva bienestar a la sociedad. Pero es impactante notar que estas voces y mensajes de líderes cristianos de todas las expresiones eclesiásticas, han sido ignoradas y hasta ridiculizadas por aquellos líderes políticos que de forma cobarde se ocultan y promueven la violencia, porque nos les interesa nuestro país y sus ojos están puestos en la manzana gringa donde tienen sus residencias.

Nunca en la historia de Nicaragua la iglesia católica y las iglesias evangélicas han sido rechazadas como en este tiempo, el Cardenal, los obispos, la Conferencia Episcopal, dirigentes de denominaciones e instituciones evangélicas, así mismo expresiones populares religiosas, no se han parado en hacer el llamado al diálogo y la paz, pero los ideólogos, manipuladores y actores de la violencia no les interesa este llamado, siguen marchando y extendiéndose a diferentes territorios del país, dejando en evidencia la muerte y la destrucción a su paso. Hay gente que faltando a su fe cristiana los defiende y avalan las acciones destructivas que contradicen las normas de la iglesia y afectan a un pueblo creyente que todos los días clama por la paz.

Las iglesias deben pasar de la palabra a la acción, abandonar las cuatro paredes y movilizar a feligreses y miembros que pertenecen a sus congregaciones, ir de casa en casa llevando el evangelio que produce amor y paz, haciendo conciencia en cada poblador de no aceptar ni aprobar acciones que atenten contra la vida y el ambiente de tranquilidad que siempre ha disfrutado el nicaragüense. Así mismo deben pastorear a quienes están promoviendo la violencia, visitarlos y conversar con ellos, para despertar en estos los valores y principios bíblicos que les fueron enseñados.

Ante esta situación lamentable, con toda la certeza puede afirmarse: son las iglesias que salvarán a Nicaragua. Si es así, el pueblo creyente será su propio salvador, porque hará suyo el mandamiento de no matarás y actuará con prudencia y sabiduría, cuidando los bienes públicos que le pertenecen y le favorecen. Las iglesias no sólo deben continuar haciendo el llamado de la paz y el diálogo, ahora deben ir más allá, acompañar al pueblo cara a cara, en sus territorios y contextos inmediatos, caminar con la gente, hasta dejar bien marcada una fe cuyo fundamento es el amor.