Por Carlos Aguirre Salinas

Después del 25 de diciembre de 1972 las iglesias evangélicas de Nicaragua ya no serían las mismas de siempre, harían un cambio radical y para no volver al pasado que estuvo marcado por la indiferencia y la separación denominacional. El país tampoco sería el mismo, principalmente la capital inundada de escombros, muertos y damnificados por el terremoto que sorprendió en una navidad que es recordada y que trae consigo preludios trágicos trazados con mensajes apocalípticos por el temor a que se repita aquella historia que opacó el esplendor de la vieja Managua.

Por unas cuatro décadas las iglesias evangélicas del pacífico nicaragüense estuvieron cómodas, cada una enfocada en lo suyo, con poco interés por el diálogo y la colaboración mutua, de las pocas experiencias de trabajo conjunto puede mencionarse el emprendimiento de Radio Ondas de Luz, que acercó a bautistas, centroamericanos y pentecostales en los años cincuenta. Pero después de 1972 este paradigma de quietud y comodidad religiosa empezó a desquebrajarse, al surgir una institución que integró a la mayoría de los sectores protestantes del país, se trata del Comité Evangélico Pro-Ayuda a los Damnificados (CEPAD).

El terremoto despertó la conciencia social de las iglesias evangélicas, sus líderes descubrieron que más allá de los damnificados había una situación de empobrecimiento que afectaba a las familias nicaragüenses, sin distingos confesionales. A raíz del ese acontecimiento desastroso vino el acercamiento del liderazgo y las instituciones evangélicas, no sólo para atender la emergencia, también brindar acompañamiento en el duelo y la recuperación integral a las personas afectadas.

Esas primeras iniciativas sociales hicieron notar que la labor pastoral va más allá de lo espiritual, había que buscar formas de atender las necesidades biopsicosociales de la sociedad, infraestructura para su protección y procurar entornos saludables. Por lo cual, también el enfoque pastoral cambió, por un estilo de pastoral social que busca y se acerca a la gente para resolver sus carencias inmediatas y vacíos espirituales.

Hoy las iglesias, se quiera aceptar o no, impulsan una pastoral que incluye a la comunidad y sus actores locales, porque sus templos cuentan con centros educativos, comedores infantiles, talleres de emprendimientos y desarrollo económico, clínicas, laboratorios, entre otras, además de tener alianzas con instituciones como la Policía, el Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres, el Ministerio de Salud, Ministerio de Educación, sólo para mencionar algunos ejemplos. Por eso no hay que sorprenderse que las ONGs, las empresas y las instancias estatales las consideren socias indispensables para el desarrollo de este país.

Actualmente el Ministerio de Gobernación registra más de quinientas organizaciones cristianas que se enfocan en el bienestar social de la población, esto sin mencionar las más de novecientas denominaciones que ya han cambiado la geografía religiosa de la nación, no sólo por sus arquitecturas llamativas, también por la influencia que sus feligreses ejercen sobre la variedad de estructuras organizacionales, donde desempeñan cargos en todos los niveles jerárquicos y aportan ideas que llevan consigo una ética que podría llamarse evangélica.

En el presente no existen investigaciones minuciosas que rescaten esta cara social de las iglesias evangélicas nicaragüenses, que resalten épocas sombrías donde organizaciones cristianas dieron lo mejor de sí para atender a personas afectadas en tiempos de guerra y en desastres naturales; también que rescaten sus aportes en la atención a víctimas de la violencia intrafamiliar y comunitaria, así mismo, en el fortalecimiento de la autoestima de gente necesitada por ser escuchada y de recibir un consejo para echar andar un proyecto de vida.

Estas acciones involucraron las iglesias junto a su liderazgo, a un proceso de aprendizaje y capacitación continua, aprendiendo y desaprendiendo, y desde luego a equivocarse y seguir adelante. No es atrevido afirmar que existe un nuevo proyecto evangélico que hay que descubrir en medio de su actividad permanente. Los diarios, las radioemisoras, la televisión y las redes sociales registran que la contribución social de las iglesias evangélicas es histórica, sistemática y evidente.

En tanto escribo este artículo, leo el diario de la Srta. Mabel Elthon, misionera de la CAM y que en 1923 afirmó diciendo: “La esperanza de la evangelización en Nicaragua está, naturalmente hablando, ligada al desarrollo y progreso de la siguiente generación, y nosotros podemos alimentar esas expectativas, si usamos todas nuestras fuerzas para dar a esta generación, la enseñanza y capacitación necesaria”.