Por Carlos Aguirre

El pequeño va dormido, envuelto en una sabanita, reposa en los brazos de su madre, el viento ha descubierto su rostro y su manito derecha es movida por los aires mientras transcurre la marcha. Sus progenitores lo llevan en una moto, va en medio de los dos, confiado, pero el padre negligente conduce a gran velocidad sorteando vehículos livianos y pesados, sin pensar que pone en riesgo la vida de su tierno hijo y su esposa. Acelera y se pierde en la pista aventajando a otros motorizados, que igual que él, conducen sin precaución y muchos de estos aparecen en la primera plana de los periódicos o en los reportajes de la radio y la televisión, muertos o con fracturas en sus cuerpos. En estas tragedias llevan la de perder las personas pequeñitas que a tientas conocen el mundo.

El drama antes descrito es parte de la historia vial cotidiana de la ciudad de Managua y de las principales ciudades de Nicaragua, a diario la vida de niños y niñas se juega en estos medios de transporte de dos ruedas, no es exagerar al decir que muchas veces en uno de estos viajan familias completas, donde los viajeros en su mayoría, por lo general, son menores de edad. La población es ciega y no dice nada. Hasta las instituciones que dicen velar por el bienestar de la niñez y la adolescencia permanecen calladas. ¿Y las iglesias? De igual manera los líderes religiosos al parecer viven en otro planeta, tienen una actitud indiferente.

Los parqueos de las iglesias muestran que una significativa cantidad de sus feligreses viaja en este tipo de transporte, junto a sus familiares. Al concluir las actividades religiosas pueden verse los viajantes que parten hacia diferentes destinos. ¿Qué escucharon en el sermón? Nada que tenga que ver con ellos, porque tanto los músicos, los cantores y los oradores les distrajeron y les animaron a llevar una vida exitosa, a pensar en positivo y “sembrar” para que Dios les prospere. Pero a ninguno se les ocurre hablar sobre el alto índice de accidentes de motorizados que crece todos los días, ni un consejo y tampoco alguna exhortación para prevenir este mal que se ha transformado en la principal epidemia que está exterminando a la población, más a la juventud.

A finales de los setenta, y en las décadas de los ochenta y noventa, las iglesias mostraron gran interés por la situación de la sociedad nicaragüense, sus declaraciones y cartas pastorales expresan las preocupaciones, compromisos y desafíos para el desarrollo de acciones concretas que reduzcan la desnutrición infantil, se abran mejores oportunidades de educación, disminuya la violencia intrafamiliar, entre otras. Pero en este tiempo son pocas las voces de las iglesias y surgen cuando están en riesgos los intereses institucionales. Es lamentables que la situación del pueblo pasó a un plano secundario en las agendas pastorales y denominacionales. Es entendible que no se pronuncien ante el hecho de que incontables infantes y jóvenes estén en peligro de morir accidentados al transitar en motocicletas.

Estamos frente a iglesias insensibles y una sociedad negligente. Las entrañas de los líderes religiosos se han endurecidos. El dolor y la muerte que pintan con sangre las carreteras les parecen común e irrelevante, porque consideran que son casos que no les incumbe. Creen que la iglesia no tiene que decir ni hacer nada al respecto. Se olvidan de las acciones y aportes importantes que hicieron las iglesias en los años noventa, para hacerle frente a las pandillas integradas por jóvenes en riesgo, hoy esos grupos en desobediencia son inexistentes en el país, algo que se logró a través de un trabajo conjunto con la policía y diversas organizaciones sociales.

Si en aquél momento las iglesias contribuyeron a desaparecer ese mal social, hoy de la misma manera pueden y tienen que buscar alternativas que movilicen a los cristianos y todos los sectores de la nación, para instaurar una cultura del cuidado ante los riesgos que producen los motores que se desvían en los ambientes urbanos y en cualquier lugar. El riesgo es latente, el cual se transforma en un problema público, por tanto, es un reto para diseñar y ejecutar una pastoral vial, que diga: ¡Si a la vida, conduzca con cuidado! ¡Sí a la vida, en motocicleta no lleve a sus niños y niñas!

Esperemos que las iglesias despierten y nos sorprendan para bien de los demás. Mientras tanto pongo en oración a los motorizados y los que van al volante, incluso aquellos pastores y pastoras que conducen bendecidos y bendecidas, en sus carros lujosos y blindados. ¡Guárdalos y cuídalos Señor! Entre tanto oro, irrumpe en mi mente la oración de Rubén Darío: “Surge de pronto y vierte la esencia de la vida sobre tanta alma loca, triste y empedernida que amante de tinieblas tu dulce aurora olvida”. Amén.