Por Juan Fonseca

El triunfo de Sebastián Piñera en las recientes elecciones en Chile, han sido interpretadas por gran parte de la prensa internacional como un giro del país hacia la derecha. Discrepo de dicho análisis. Pienso que la derrota de Guillier refleja más bien la poca efectividad de los candidatos progresistas para unirse, lo que no implica que el progresismo haya retrocedido.

En la primera vuelta, los candidatos de la derecha (Piñera y Kast) lograron en conjunto un 44,5 % de los votos. Al frente quedó un 55 % de chilenos que optaron por candidatos centristas (Goic) o progresistas (Guillier, Sánchez, Ominami, Artés). Es decir, la mayoría de chilenos optó por una agenda distinta a la que ofrecía la derecha. El problema es que el candidato que quedó para representar esa agenda distinta, era el que representaba el continuismo. Además, la performance de Guillier fue realmente muy huérfana de creatividad y abundante en fallos. Fue desconcertante verlo triunfalista, luego de la primera vuelta, con su 22 %, asumiendo con soberbia que todo el progresista le pertenecía. Fue muy errático y, además, tiene tan poco carisma, que estoy seguro que en una conversa de café me aburriría más rápido con él que, incluso, con Piñera. Beatriz Sánchez, en cambio, sí representaba el cambio, a un progresismo más orgánico y era, además, un rostro nuevo, fresco y con carisma. Entonces, ocurrió lo que en el 2009 cuando Frei quedó también ante Piñera, y creyó que el trasvase de votos de Marco Enríquez-Ominami era automático. Como ahora, la Concertación asumió con arrogancia que los votos progresistas le pertenecían, cuando en realidad tenía que trabajar para conquistarlos. Además, por más progresista que yo sea, comprendo que la alternancia política en la democracia es inevitable y hasta necesaria. En estas elecciones, la alternancia, desde la mirada progresista, la representaba Beatriz, no Guillier; y, bueno, también Piñera. Y ganó Piñera.

Por otra parte, Piñera, además de manejar una campaña más efectiva -aun con sus dislates-, acertó en moverse hacia el centro político. Asustó en la primera vuelta con su acercamiento al ultraderechismo de los evangélicos fundamentalistas y los nostálgicos del pinochetismo, que votaron por Kast. Sabía que ellos iban a votar por él, sí o sí. Los votos de la derecha son más disciplinadamente ideológicos. Y cuanto más extremista es la ideología, el voto es más duro. El voto de la derecha evangélica republicana en Estados Unidos es el mejor ejemplo[1]. Piñera no necesitaba dar mayores muestras de afecto a ellos, y más bien hizo guiños a la centroizquierda asumiendo algunas de las propuestas de Guillier. Incluso, a través de Andrés Chadwick, su jefe de campaña, se comprometió con el Movilh (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual) en no interferir con eventuales proyectos para la aprobación del matrimonio igualitario en Chile[2]. Por esta razón, los líderes del ala fundamentalista evangélica le reclamaron “su falta de compromiso con los valores”[3]. Entiéndase “valores” como los puntos de la agenda de odio del extremismo evangélico: no a los derechos de las mujeres ni de las minorías sexuales. Es que también debemos entender que no toda la derecha agrupada alrededor de Piñera es tan extremista como José Antonio Kast. Por ejemplo, los diputados de Evópoli (uno de los partidos de la coalición derechista) defienden abiertamente el matrimonio igualitario y la adopción homoparental[4]. No obstante, como señalé más arriba, el voto de la ultraderecha es más ideológicamente disciplinado; y para los evangélicos extremistas, Piñera fue para ellos el mal menor, pues todo lo que esté a su izquierda es diabólico.

En cambio, el voto progresista es menos disciplinado en lo ideológico y le pone más relevancia a las consideraciones éticas y a la coherencia personal entre decisiones e ideología. Eso cuenta mucho cuando se trata de coyunturas muy polarizadas, situación que se está haciendo cada vez más frecuente desde que el populismo neoconservador ha intensificado su amenazante ola expansiva por el continente. Por ello, el voto progresista necesita más esfuerzo para ser conquistado, pues abundan entre ellos los de la opción “todos son iguales” o la de el “voto ético”, lo cual afecta más a los candidatos de la izquierda que a los de la derecha. Por eso perdió Hillary ante Trump y ahora Guillier ante Piñera. Acá en el Perú, por lo mismo, casi gana Keiko Fujimori, la candidata aliada con la ultraderecha evangélica.

Finalmente, ahora queda por ver como se perfila el Gobierno de Piñera ¿Seguirá acercándose al centro? Creo que no le queda otra opción, pues carece de mayoría parlamentaria. No podrá retroceder en la legislación social aprobada por Bachelet, al menos no en las dimensiones que busca la ultraderecha evangélica y pinochetista. Tampoco esperemos que avance mucho. Los partidos progresistas están instalados en el Congreso chileno y les tocará demostrar en los siguientes cuatro años su compromiso real con las aspiraciones de la mayoría de la ciudadanía chilena, defendiendo en lo avanzado y proponiendo más reformas sociales. Si no lo hacen, el 2021 estarán preguntándose por qué José Antonio Kast llegó a la segunda vuelta.

 

 

[1] Ver los resultados de la encuesta elaborada en Alabama en el contexto de las elecciones para el Senado de los Estados Unidos, en particular la parte que asocia la identidad evangélica republicana con sus actitudes políticas: http://lat.ms/2z1FNT2.

[2] Ver http://bit.ly/2BHiDDK

[3] Ver http://bit.ly/2AVJpoe.

[4] Ver http://bit.ly/2kG590u