Por Juan Esteban Londoño

El sábado 6 de mayo de 2017 se realizó una Convención Nacional del Centro Democrático en la Misión Carismática Internacional G12. La comunidad, cercana a las políticas de este partido de derecha –como lo dejó bien claro su presidente honorario Fernando Londoño-, cedió su espacio para la proclamación de un nuevo mesianismo, el de Álvaro Uribe Vélez.

Una de las posibles precandidatas para la presidencia del 2018, la senadora Paloma Valencia, intervino para realizar una crítica al gobierno de Juan Manuel Santos y una alabanza al senador Álvaro Uribe, a quien todavía se empeña en llamar “presidente”.

Entre las palabras de su discurso se escuchó lo que viene a continuación:

“En aquella época en que a Colombia la cubría una nube de oscuridad y se decía que éramos un país inviable, apareció Álvaro Uribe como una luz en medio de esa tormenta, iluminó un camino que inspiró a millones de colombianos; y a mí, como joven, presidente, usted me inspiró el amor por este país y la certeza de que Colombia puede ser más” [1].

Más adelante, Valencia compara a su partido político con un barco en medio del mar, y desarrolla una serie de metáforas interesantes para pensarlas desde la sociología de la religión:

“En el mástil está la figura del presidente Uribe, que a veces lo veo de bronce, presidente. Porque usted brilla cada vez que le da el sol, y no hay bala enemiga que pueda llegar a su corazón. Usted representa ese mástil que nos llena y nos inspira y nos mueve. Y arriba, más arriba, están las estrellas que representan el sueño de cada colombiano para salir adelante. Y arriba, más arriba, está Dios que todo lo ve, y a quien le pedimos energía, coraje para defender la justicia, habilidad para sortear las dificultades y, sobre todo, toda la paciencia para resistir la adversidad”[2].

Si realizamos un análisis del discurso, observamos una estructura de retórica mesiánica que cae muy bien para el recinto donde se presenta. Se habla de un pasado, de un presente y de un futuro.

El pasado está dividido en dos: el antes y el después de Uribe (quien gobernó entre 2002 y 2010). El antes es descrito como oscuridad y tormenta. Pero ese pasado se rompe cuando aparece Uribe como imagen salvadora, como una luz que ilumina, de modo que transforma todas las tinieblas en luz.

El tiempo presente, es decir el del gobierno de Santos, es visto de manera oscura, como una regresión al pasado antes de Uribe, al gobierno de Pastrana y Samper, donde gobernaban la incertidumbre y la corrupción, y las guerrillas parecían invencibles. La lectura que se hace del presente se trata de la visión que tiene este grupo político acerca del gobierno de Juan Manuel Santos y de los Acuerdos de paz con las FARC y los posibles diálogos con el ELN.

El futuro es incierto, pero se vería con esperanza, si el grupo de derecha llegase al poder para reencaminar la senda perdida por Santos, a quien los uribistas consideran un traidor.

Aquí se evidencia una clara retórica de amigos y enemigos, de aliados y traidores, de desprestigio hacia el gobierno presente para justificar un gobierno que llega, el cual está basado en la nostalgia de los tiempos pasados.

Lo que asombra es el lugar que toma el senador Álvaro Uribe Vélez dentro de esta oratoria como una imagen mesiánica, por medio de la cual puede llegar la salvación al país.

Uribe está un poco más abajo de las estrellas, y sólo un poco más abajo de Dios. Imagen de una figura iluminada. Él brilla con una luz especial sobre todos los demás y está, desde una visión piramidal, por encima de los otros, amigos y enemigos, sobre el mástil del barco combatiendo la tormenta.

Ninguna bala puede penetrarlo: alusión no solamente a los sospechosos atentados que sufriera Uribe cuando era candidato presidencial y sirvieron para aumentar su popularidad, sino también a la creencia de que una fuerza suprema lo acompaña. De algún modo, en los discursos mesiánicos a lo largo de la historia, se cree que el personaje salvador es rescatado del peligro por potencias sobrenaturales para salvar a los demás, como en el relato del nacimiento del Emperador Augusto.

Sin duda, se trata del uso de un imaginario religioso del mesianismo, combinado con las visiones constantinianas del imperio romano. Un ser elegido por un dios aparece para salvar a su pueblo y llevarlo a mejores condiciones de vida, destruyendo a seres mitológicos que representan las fuerzas del caos y del mal.

Este tipo de esperanzas son visibles en el entorno del mundo antiguo. Profetas de distintas nacionalidades anunciaban diferentes figuras que cumplían funciones mesiánicas de salvación para cada pueblo: Ciro para los persas y hasta para los judíos, Nabucodonosor para los babilonios, Constantino para los romanos, Hitler para algunos alemanes. Por esto, entre más oscuro es el panorama –o más pretenden oscurecerlo los discursos de estos héroes-, más se depositan las esperanzas en líderes extraordinarios, creadores de una nueva mitología nacionalista, para redimir a la nación.

El uso que hace el Centro Democrático para referirse a Álvaro Uribe está lleno de un imaginario religioso, que ve en el ex-presidente a un personaje salvífico. Alguien que rescata casi milagrosamente a un país que estaba en la perdición. No se explican cómo pudo lograrlo en tan poco tiempo tiempo (no se mencionan los métodos sospechosos que se esconden detrás de los aparentes logros del entonces presidente, tales como los Falsos Positivos, las Chuzadas a periodistas, activistas y opositores por parte del Departamento Administrativo de Seguridad- DAS, y los vínculos de gran parte de su gabinete con grupos paramilitares), sino que simplemente dan por descontado el carácter maravilloso de su gobierno: solamente un elegido por algún dios pudo lograrlo.

El mesianismo, además, representa una estructura psico-social que es frecuente en América Latina, la del caudillo: desde Juan Manuel Rosas hasta el Che Guevara; desde Hugo Chávez, quien se le reveló a Nicolás Maduro en un pajarito, hasta Álvaro Uribe. Muestra de una dependencia estructural y psicológica de figuras paternales que pueden hacer lo que yo no hago como individuo ni lo que hacemos como comunidad. Una imagen que es negativa para el desarrollo de la individuación de las personas, pues les impide convertirse en sujetos autónomos, dueños de su propio destino. Dañina para el desarrollo de una conciencia política colectiva y comunitaria en las decisiones que atañen a la polis. Y enfermiza para el propio personaje mesiánico, el cual siente que, sin su participación, todo se irá a pique, y ve a sus sucesores o antecesores como personas insuficientes e incapaces.

(Esta imagen de lo mesiánico es muy distinta a la que propusiera Walter Benjamin en sus Tesis de filosofía de la historia, donde lo mesiánico es una dimensión salvífica que aparece en el pueblo, y no se centra en un solo individuo).

En otra ocasión, la senadora Paloma Valencia dejó ver al público un cuadro que tiene en su casa en el que se combina la imagen de Álvaro Uribe con el Sagrado Corazón de Jesús[3]. Aquí está dibujado, en un estilo kitsch, Álvaro Uribe en una pose sagrada de la imagen católica, con una aureola y el corazón en sus manos.

(Si bien no creemos que le rece todas las noches, la imagen representa toda la devoción y enaltecimiento mesiánico que muchos seguidores le dan a este hombre como si fuera su salvador; entre los que se cuenta ella, por el fervor con la que habló de Uribe en la convención en la Iglesia Carismática).

Jesús de Nazaret, por el contrario, invitó a sus discípulos que se cuidaran de los falsos mesías:

“Entonces, si alguno os dice: ‘Mirad, aquí está el Mesías’, o ‘Mirad, allí está’, no lo creáis” (Mateo, 24,23).

El Nazareno, mesías para los marginados del primer siglo, invirtió los términos triunfalistas de aplastamiento del enemigo y destrucción del otro, y optó por una visión mesiánica distinta, la del siervo sufriente: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como un cordero fue llevado al matadero; como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, no abrió su boca” (Is 53,7). Pues la imagen del mesías que adoptó Jesús no es la de un emperador obsesionado con el poder, sino la del siervo sufriente que muere en solidad con el pueblo crucificado y resucita en la comunidad para anunciar transformaciones que nacen del espíritu y remueven las estructuras.

Si hay algo llamativo en el mesianismo de Jesús de Nazaret es la desconfianza que este tenía en las figuras mesiánicas.

(Paul Tillich señalaba que lo demoníaco consiste en darle un sentido de ultimidad a lo penúltimo. Karl Barth hablaba de la idolatría de darle trascendencia y eternidad a personas o instituciones que son nada temporales y probablemente equívocos –la revelación de dios es un “No” ante este tipo de caudillos de la cultura).

Quienes dicen ser los apóstoles del mensaje de este senador, están usurpando el lugar vacío que prefirió dejar el Cristo –cuando hablaba del Hijo del hombre y del Parakletos-. Enaltecen en un lugar de poder casi sobrenatural a un señor de “carne y hueso” y erigen una estatua de bronce a un hombre con cuestionables relaciones políticas y militares.

Esto ya lo vio el poeta Juan Manuel Roca en el año 2007, cuando escribió “La estatua de bronce”, texto del cual cito un fragmento:

¿Quién podría ser el jinete de bronce

Sobre el imponente y brioso caballo de bronce?

Deberá ser alguien que muchos ciudadanos admiren,

Un hombre que sea su propio mentor,

Que haya luchado a brazo partido por su gloria y su fortuna.

Ya está. Erijamos una estatua al asesino[4].

[1] http://www.semana.com/nacion/multimedia/discurso-de-paloma-valencia-en-la-convencion-del-centro-democratico/524540

[2] http://www.semana.com/nacion/multimedia/discurso-de-paloma-valencia-en-la-convencion-del-centro-democratico/524540

[3] http://www.semana.com/nacion/articulo/paloma-valencia-tiene-el-sagrado-corazon-de-uribe-en-su-casa/491639

[4] Ver el poema completo aquí: http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-arcadia-100/articulo/arcadia-100-la-estatua-de-bronce-juan-manuel-roca/35127