Por Francisco J. Concepción

Oscar López, quien fuera miembro de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) en la década de los setentas y ochenta en Chicago, fue liberado de la cárcel, formalmente, el día 17 de mayo de 2017. López fue condenado, en la década de los ochenta, a más de cincuenta años de cárcel por conspiración sediciosa para poner bombas y atentar contra el poder de los Estados Unidos en Puerto Rico. Las FALN eran una organización clandestina que luchaba por la independencia de Puerto Rico en la diáspora y se atribuyó más de una decena de atentados contra objetivos civiles y militares en los Estados Unidos. Algunos de dichos atentados reclamaron vidas de personas no relacionadas con la lucha del grupo. En la década de los ochenta, y como parte de la represión del gobierno de Ronald Reagan, varios miembros de la organización fueron arrestados y convictos por conspirar o colaborar con las FALN. Durante años la sociedad civil puertorriqueña se unió a distintos sectores políticos, incluyendo los tres partidos mayoritarios, al reclamo por la liberación de Oscar, movimiento que adquirió relieve internacional por el apoyo recibido de parte de los gobiernos de Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.

El presidente Barack Obama antes de dejar su posición conmutó la sentencia de Oscar López y anunció que el mismo sería liberado en el mes de mayo del 2017. Ante la liberación de Oscar se tenía la impresión de que habría un apoyo masivo pues la unidad demostrada durante los años de campaña por su liberación presagiaba un acuerdo social generalizado a favor de su salida de prisión. Pero, a pesar de dicha expectativa, la reacción ha sido divisiva y triste, por decir lo menos. Aun cuando la mayoría de las iglesias se manifestaron a favor de la liberación de Oscar durante la campaña ha habido muy pocas manifestaciones de apoyo una vez ha sido liberado. Lo que ha provocado la liberación, para mi sorpresa, es una reacción visceral de los medios de comunicación con el objetivo de manipular la opinión pública.

Los medios de Puerto Rico mientras transmitían la noticia sobre la liberación de Oscar, y la subsecuente manifestación en apoyo a la misma en la Plaza de Río Piedras, terminaban el reporte con una entrevista a la hija de una de las víctimas de los atentados de las FALN en Nueva York, en el cual no participó Oscar López. Los medios latinos de Estados Unidos hicieron lo propio anunciando que Oscar había hablado con el presidente Nicolás Maduro de Venezuela y le había agradecido el apoyo de dicho país a su reclamo de liberación. Esas manifestaciones fueron aprovechadas por los medios tales como Telemundo o Univisión para decir que Oscar apoyaba al régimen de Maduro en Venezuela y que por lo tanto estaba a favor de la supuesta represión que se estaba llevando a cabo en dicho país. Así las cosas los medios han tratado de proyectar la peor luz sobre la liberación de Oscar, las iglesias han guardado un silencio sospechoso y el pueblo se ha dividido sobre su conversación con Maduro. Sin embargo la situación reclama una reflexión más seria sobre los prisioneros políticos y su significado teológico en el Puerto Rico de hoy.

La liberación de Oscar López se inscribe en una lucha mucho más amplia que se ha llevado a cabo durante muchos años en la Isla. Los movimientos a favor de la independencia han sufrido durante muchas décadas la represión por parte del gobierno de los Estados Unidos y de Puerto Rico por medio de la práctica conocida como la creación de carpetas. Las carpetas eran archivos donde el gobierno federal y estatal acumulaban información, certera o inventada, acerca de las actividades subversivas y políticas de individuos u organizaciones. Esta práctica tuvo el efecto de crear condiciones tales que provocaron que el movimiento independentista fuera cada vez más exiguo y se redujeran durante muchos años las manifestaciones a favor del mismo. Luego de que la práctica de crear carpetas de subversivos se hiciera pública, a finales de los ochenta el apoyo público al nacionalismo puertorriqueño fue en ascenso hasta que se acusó al mismo de ser manipulado por las corporaciones como las marcas de cerveza o cigarrillos para su beneficio. Así que el nacionalismo pasó de ser una creencia prohibida a ser un bien de consumo en menos de una década. Durante los noventa y en la primera década del siglo XXI la lucha a favor de la liberación de Oscar López creció, adquiriendo el apoyo de varios sectores incluyendo el movimiento anexionista y de muchas manifestaciones religiosas. Es durante ése tiempo que se fortaleció el reclamo por la liberación de Oscar.

“Estuve preso y me visitaron”, dijo Jesús en su mensaje que describe el programa del Reino de Dios. El texto fundacional del movimiento de Jesús es aquel en el cual se revela en qué consiste ser seguidor de su mensaje. No es el texto donde se revelan verdades absolutas o disquisiciones teológicas complejas sino donde se dice cómo se debe vivir. En ese caso Mateo 25 presenta un proyecto político complejo por medio del cual Jesús propone desafiar los poderes de este mundo y crear las condiciones para un nuevo mundo totalmente distinto. En primer lugar, contrario a lo que hace el nuevo orden neoliberal, Jesús comienza poniendo como centro del acto liberador de su mensaje al pobre. “Tuve hambre y me diste de comer”. No se trata de un acto de misericordia, no es que me diste de comer como una dádiva de lo que te sobra sino que el acto de dar de comer, contrario a la caridad que se caracteriza por la posición de poder ante el recipiente de la misma, es un acto de justicia. La justicia no es un acto de gratuidad, como se ha representado constantemente en el discurso público, la justicia es un reclamo de algo que me toca, que me merezco, que es mío. El reclamo de justicia no es un reclamo a un desprendimiento sino el reconocimiento de que se ha cometido una injusticia. “Me diste de comer” implica hacer lo que se tiene que hacer y no un acto de poder del que da al que no tiene como quien le posee. En ese sentido Jesús desafía el orden establecido del templo. Mientras que bajo la ley vieja dar de comer es un acto de caridad, pero no un reconocimiento de una injusticia, bajo el proyecto del Reino dar de comer es una obligación.

Luego del reconocimiento de que dar de comer es un acto de justicia y no de caridad Jesús amplía el proyecto del Reino diciendo “fui forastero y me acogiste”. El forastero era el excluido en un sistema que se había estratificado entorno al Templo el que no pertenecía al pueblo de Israel era el forastero y por lo tanto no entraba, no era parte, no tenía derecho. Sin embargo en el proyecto de Jesús el forastero no solamente tiene derecho sino que reclama ese derecho. Fui forastero y me acogiste es una condición de entrada al Reino, de pertenencia al proyecto de Jesús y de fidelidad a su movimiento. Ser parte del proyecto del reino implica un compromiso radical con la acogida. No simplemente de aquellos que se parecen a nosotros, o que creen lo mismo que nosotros sino que por su mera presencia desafían nuestras creencias ya establecidas. En ese sentido el proyecto del Reino sólo es posible si se derriban, no simbólicamente, sino de verdad las fronteras que mantienen a muchos grupos fuera del mismo. Fui forastero y me acogiste es la condición de la apertura, tal y como se experimenta con la crisis de los refugiados pero también con la presencia de aquellos que tradicionalmente hemos sacado del cuerpo social. En el proyecto de Jesús no hay espacio para la exclusión.

Jesús anunció un proyecto de apertura que se radicaliza poco a poco. Mientras que las primeras dos categorías, el que tiene hambre y el que es forastero, son categorías tradicionales en la creación de la otredad bíblica las otras tres categorías rompen con los mitos y las creencias más fundamentales de la fe bíblica. “Estuve desnudo y me vestiste” introduce otro elemento que no debe pasar por desapercibido. Mientras que el hambre y la extranjería son aspectos que están cubiertos de un aurea de tradición la desnudez introduce el aspecto de la moralidad desafiada. El desnudo es aquél que se convierte en un insulto a los buenos. La moral de la época atribuye a la desnudez una dimensión de indignidad tal que se considera un insulto al colectivo. Los mandatos bíblicos sobre la desnudez señalan a un rechazo interpretando la desnudez como un signo de vergüenza, de insulto a Dios en incluso una maldición. Contrario al discurso bíblico de la época Jesús revela a desnudez como otro reclamo de justicia. El desnudo no es inmoral ni merecedor de un castigo sino que su desnudez es un reclamo contra la injusticia de la sociedad donde le ha tocado vivir. Si el desnudo debe ser un desafía, en el proyecto de Jesús, es meramente porque su desnudez es un acto de injusticia y le toca al colectivo remediarlo vistiendo al desnudo. Vemos, en este caso que Jesús introduce un nuevo elemento a la reflexión. No se trata de vestir como dar ropa para los pobres sino de darle de nuevo la dignidad a quien ha sido privado de la misma a causa de la injusticia colectiva. En este sentido la desnudez es un recordatorio de que quienes han sido excluidos tradicionalmente lo han sido a causa de la injusticia y no por razón de una inmoralidad atribuida por el colectivo.

Mientras que la desnudez rompe con el discurso bíblico de la vergüenza cuando Jesús dice “estuve enfermo y me visitaste” introduce una nueva dimensión. Si el desnudo revela su vergüenza, según el discurso hegemónico de la época el enfermo acarrea el castigo de Dios por medio de una maldición. Es común que en el ministerio de Jesús se hiciera la pregunta sobre quien había pecado para que alguien estuviera enfermo. No podemos olvidar que la sociedad hebrea le atribuía una carga moral a la enfermedad y así, para ellos, el enfermo lo estaba a causa del pecado. Cuando Jesús dice “estuve enfermo y me visitaste” rompe con la creencia de la carga moral de la enfermedad y la transforma en un espacio de justicia también, así como el hambre, la extranjería y la desnudez.

Por último Jesús introduce el tema de la cárcel. “Estuve en la cárcel y me fuste a ver”, dice Jesús anunciando al carácter represivo de dicha institución. Hay quienes podrían decir que ir a ver a un preso no es realmente un acto revolucionario a menos que haya vivido en una sociedad donde la culpa se atribuye por asociación. En un régimen autoritario los presos no son los criminales comunes sino los presos políticos, es decir, aquellos que son encerrados por ser una amenaza contra el orden establecido. En ese escenario ir a visitar a los presos es aceptar, ante el régimen, que se es solidario con las creencias del preso y por lo tanto exponerse a ser reprimido de igual manera. Así que cuando Jesús habla de que estuvo preso realmente está hablando de que era un prisionero político en el sentido de la época, era un subversivo o alguien que había desafiado al poder establecido y era considerado un peligro hasta el punto de que debía ser eliminado físicamente, asesinado, ejecutado, como posteriormente le ocurrió a Jesús. Es importante que este elemento de su mensaje sea conectado con el anuncio inicial de su ministerio en Lucas 4:18 donde dice que “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos”. Dos veces, en dicho texto, Jesús se atribuye un papel relacionado con los detenidos, los reprimidos, los perseguidos, “proclamar la liberación a los cautivos” y “dar libertad a los oprimidos”.

La visita de la que habla Jesús cuando dice que estuvo en la cárcel y le visitaron no es una visita de cortesía. “Estuve preso y me visitaste”, significa que me liberaste, me sacaron del cautiverio, y no es un enunciado espiritualista ni abstracto realmente se trata, en ese contexto, de una liberación física, me sacaron de la cárcel. No existe otra forma de interpretar este texto y de comprender el ministerio de Jesús y mucho menos de comprender cómo experimentar el proyecto del Reino hoy. El cautivo, el reprimido, el encarcelado tiene que ser liberado, pero hay otro elemento que pasamos por alto. En ningún momento el acto de liberación anunciado por Jesús se trata de un acto condicionado a la inocencia del encarcelado. Partiendo del supuesto de que los regímenes autoritarios encierran a los “subversivos” de forma arbitraria e injusta no hay duda de que la liberación del cautivo, del encarcelado, no depende de su inocencia ya que condicionar su liberación a su inocencia sería otorgarle legitimidad al poder estatal que le encarceló. Si la liberación depende de la inocencia demostrada por el poder represor entonces estaríamos legitimando las acciones del poder represor que encarcela como forma de eliminar la disidencia. Liberar al encarcelado no depende de que sea inocente, y no puede depender de ello porque el poder represor no le reconoce como un ser humano sino como un “subversivo” y por lo tanto no respeta su dignidad. Si exigimos que la liberación sea un acto que depende del poder del estado estaríamos aceptando como legítimo el poder que encierra, reprime, persigue y cera las carpetas. La propuesta de Jesús no es que reconozcamos la legitimidad del poder represor sino que lo desafiemos, en eso consiste el anuncio del Reino y el proyecto de Jesús. Es en ese mismo punto donde se inscribe la liberación de Oscar López, el desafío al poder represor y no la legitimación del mismo reclamando que se declare inocente ya que el acusado dentro del estado represor nunca será reconocido como nocente ya que su delito es el mero desafío del poder que le encierra.