Por Juan Esteban Londoño

Termino de leer el libro Mis años de guerra (2008), del analista y politólogo colombiano León Valencia, quien se desmovilizó de la guerrilla del ELN en 1994, y desde entonces se ha dedicado a un activismo pacifista.

Este libro me trae algunas impresiones sobre aspectos que quiero destacar: la relación entre la guerrilla y la religión en Colombia; el fenómeno del narcotráfico; la realidad contradictoria de estos grupos guerrilleros vista desde adentro; y la experiencia de las desmovilizaciones anteriores, de cara a la actual desmovilización de las FARC y a los posibles diálogos con el ELN.

El libro denota una fuerte presencia del fenómeno religioso en los movimientos revolucionarios en Colombia durante los años 70, principalmente en la guerrilla del ELN.

León Valencia menciona algunos casos en los que sacerdotes, religiosas y laicos católicos impulsaban jornadas de reflexión que llevaron a la transformación de la mentalidad de muchos hombres y mujeres pobres en el campo y en la ciudad en Colombia. En aquel entonces había un proyecto de transformación social, movido por la comprensión que estas personas tenían del evangelio:

“Eran doce sacerdotes […] Recorrían las veredas formando sindicatos y asociaciones. Tenían grupos de estudiantes y campesinos en todas partes. Algunos jóvenes de las universidades de Medellín se les habían unido y se encontraban ya metidos en el campo” (Valencia, 2008: 40).

Esta “nueva manera de entender la religión” (41) estaba inspirada por la Conferencia Episcopal Latinoamericana de 1968, reunida en Medellín, que puso a los pobres y sus luchas sociales como lugar prioritario de la reflexión teológica.

Este mismo impulso dio paso a lo que fue la Teología de la Liberación. Sin embargo, aquí hay que detenerse y hacer distinciones, pues el mismo impulso llevó a dos –o más- vertientes distintas: la acción pacífica de muchos religiosos, religiosas y laicos para reclamar los derechos de los campesinos y obreros; y la militarización de muchas oposiciones que culminaron en la conformación de guerrillas.

(Esto último, tampoco debe ser malinterpretado, pues estas personas se levantaron en armas creyendo, en su momento, que hacían lo correcto y que estaban defendiendo sus vidas y sus derechos).

Estos sacerdotes, religiosas y laicos optaron por la justicia y la defensa de los pobres, convencidos por lo que encontraron en el Evangelio, no en los libros de Marx; como lo deja ver Valencia:

“Los nuevos sacerdotes que encontré no tenían tantas ideas políticas en la cabeza, su motivación les venía de un profundo compromiso evangélico” (75-76).

El contenido de este evangelio consistía en el seguimiento de Cristo, en la preocupación por los débiles y los excluidos.

Valencia, que era un marxista comprometido en ese entonces, y preparaba bien los discursos de sus lecturas para impresionar a los religiosos activistas, chocaba contra una visión menos libresca y mucho más humana de la realidad, la que venía de la experiencia:

“Me regalaban a cambio su idea de compromiso con la gente, su bella idea de que había que encarnar en el pueblo como Cristo, hacerse pueblo, compartir sus dolores, sus tristezas, sus alegrías” (76).

Esta visión nutría la fe de muchos religiosos en los años 70 y 80 en Colombia. Habían encontrado un sentido social en el evangelio. Esto les permitió generar organizar al pueblo para que luchara por mejores salarios, infraestructura y educación.

Pero cuando llegó la hora de decidirse en la guerra que se estaba fraguando con brutalidad desde el Estado contra los campesinos y obreros, muchos sacerdotes, religiosas y laicos no siguieron el camino del mero activismo compasivo, sino que tomaron las armas.

Figuras emblemáticas como Camilo Torres, Domingo Laín José Antonio Jiménez, Manuel el Cura Pérez y su compañera la ex monja española Mónica reflejan la presencia de religiosos en el movimiento armado.

Tal presencia religiosa dio fuerza al movimiento guerrillero del ELN durante muchos años.

(Sobra decir que los teólogos de la liberación de los años 70 y 80 nos deben una reflexión sistemática crítica sobre la práctica de muchos seguidores de su teología en los movimientos guerrilleros).

En su libro, Valencia se pregunta por qué en Colombia no se dio un salto social y popular hacia la revolución. Una respuesta posible que da es el narcotráfico: fenómeno que debilitó a las guerrillas, inicialmente como su enemigo y, posteriormente, como la bestia que las absorbió.

Según Valencia, el narcotráfico frenó los procesos revolucionarios en Colombia, puesto que los jóvenes pobres ya no sintieron la necesidad de levantarse en armas ante su situación miserable ni protestar en las fábricas para transformar su realidad.

En las ciudades, los jóvenes ahora podían adquirir medios antes inalcanzables:

“La oferta económica se había convertido en la más grave disputa a la labor que realizaban las organizaciones de izquierda en los barrios, que sólo podían ofrecer a los muchachos la posibilidad de una reivindicación colectiva dentro de un proyecto revolucionario” (194).

Los campesinos empezaron a cultivar coca, pues les garantizaba rentabilidad. La guerrilla, que inicialmente no estaba de acuerdo con los cultivos, tuvo que respetar las prácticas que les permitía sobrevivir a campesinos y, con el paso del tiempo, terminó asumiendo el cultivo y la exportación de coca como un medio indispensable para que también subsistiera su movimiento.

Pero esto no sucedía solamente con los muchachos de los barrios periféricos y del campo, sino también con las personas adultas de clase media que tenían que asimilar a los nuevos ricos que emergieron de la mafia, y poco a poco se dejaron corromper por su dinero fácil. Valencia señala, por ejemplo, que en una reunión que tuvo con el capo del Cartel de Cali, Gilberto Rodríguez Orejuela, este realizó en no menos de cinco horas conversaciones telefónicas con trece senadores de la República, como si estos fueran sus aliados.

El narcotráfico, además, fue el motor principal del nacimiento de paramilitarismo en Colombia, sugiere este escritor. A diferencia de lo que sus líderes y defensores argumentaban públicamente, el paramilitarismo surgió para defender el negocio de la droga. Ya que la guerrilla hostigaba a empresarios y ganaderos involucrados en el narcotráfico, estos se aliaron con políticos y carteles para eliminar a los insurgentes a como diera lugar.

Pero la guerrilla en Colombia no era una sola, sino varias (FARC, ELN, EPL, M19, Quintín Lame), y dentro de ellas había diferentes posiciones e interpretaciones de la vida militar, política, social e incluso religiosa.

A finales de los años 80 el tema de los secuestros era debatido entre los mandos guerrilleros. Al comienzo, se trataba de retenciones “de alto contenido político” (170) a mandatarios y jefes petroleros para que entregaran capital y se hicieran sensibles a las luchas sociales, compartiendo un tiempo con los grupos alzados en armas, durante el cautiverio. La guerrilla consideraba, además, que se trataba de una respuesta ante las acciones de desaparición forzada de personas por parte de agentes del Estado o de fuerzas paramilitares.

Valencia, no obstante, reconoce que “el secuestro y la extorsión se convirtieron en el gran tropiezo para hacer una verdadera propuesta de humanización del conflicto” (188). Cada vez más se volvió una forma de venganza y dio paso a la deshumanización que empezó a reinar entre estos grupos:

“La guerra se estaba convirtiendo en un trágico juego de espejos en el que los contendientes reflejábamos lo peor que llevábamos en el alma. En esta larga confrontación entre colombianos los enemigos empezábamos a parecernos. Desafortunadamente, más en la saña que en el honor. Uno y otro nos habíamos dado a la tarea de realizar acciones indebidas y brutales que autorizaban al contendor para hacer lo propio, tejiendo así una irrompible cadena de horror. Empezaba a sentir en esta guerra el olvido azaroso de la condición humana” (191).

Algunos movimientos guerrilleros, después de 1990, dieron un paso gigante que los llevó de ser activistas sociales y no grupos de venganza, como fue el caso del M19, algunas fracciones del EPL y el Movimiento Indígena Quintín Lame.

Sin embargo, quienes se desmovilizaron sufrieron una oleada de asesinatos por parte de grupos paramilitares, militares y también de otros guerrilleros. Ante el temor de ser traicionados y desaparecidos, las FARC y el ELN decidieron continuar la guerra:

“las FARC habían acumulado un odio feroz y tenían en su mente una venganza despiadada por la manera como la coalición entre las élites regionales, los narcotraficantes, los paramilitares y sectores de las fuerzas armadas habían llevado a la muerte y a la desaparición de miles de líderes políticos y sociales asociados a su proyecto de cambio […] Recurrirían al terror que fuera necesario […] Tenía el pálpito de que en adelante las FARC marcarían la pauta y arrastrarían al ELN a acciones de esa naturaleza” (272. 275).

Allí fue donde Valencia se separó del movimiento guerrillero, y decidió entrar en un sendero diferente, que fue su propia rendición y negociación de paz.

Hechos tan dicientes como la caída del Muro de Berlín, la rendición del Frente Farabundo Martí de El Salvador y la derrota del gobierno sandinista en Nicaragua mostraban que el mundo estaba cambiando y requería de otros medios de transformación.

Un pensamiento del desencanto llevó a este activista a comprender que el metarrelato de la lucha armada terminaba y que las profecías de sus mensajeros no llegaron a un final feliz. Lecturas como las de Vattimo, orientadas a interpretar los acontecimientos desde múltiples posibilidades, esto es, desde una hermenéutica de la pluralidad, llevaron a Valencia a continuar su defensa de los pobres desde otra esfera, más pacifista.

Al fin se desmovilizó, entre peligros y atentados del Ejército. Y fue, de nuevo, la inspiración religiosa de sus inicios, la que lo llevó a reflexionar sobre el desvío que habían tomado estos grupos de sus ideas iniciales:

No podía aceptar que la guerrilla de Camilo Torres Restrepo, el más puro de los revolucionarios de Colombia y de América Latina, no saliera a condenar sin ambages un crimen de esa naturaleza [el asesinato del obispo de Arauca Emilio Jaramillo por parte del ELN]. Me negaba a creer que una fuerza guerrillera que contaba en sus filas con cientos de curas, monjas y laicos vacilara a la hora de rechazar el sacrificio de un pastor de la Iglesia católica. Sentía que estaba traicionando a los sacerdotes amorosos que me habían rescatado de una juventud sin sentido para lanzarme a la vida apasionada de la revolución y al compromiso con mi país (p. 263).

Ayudado por los jesuitas Francisco de Roux y Horacio Arango y por otros mediadores, León Valencia logró ingresar a la vida civil para continuar su lucha desde el poder de la palabra, la denuncia y el activismo social.

Este libro autobiográfico revela que uno de los motivos que tienen muchas personas para ingresar a la guerrilla o para permanecer en ella es el miedo a ser asesinados cuando están en la vida civil.

Valencia da cuenta de muchos activistas sociales amenazados y exterminados por parte de coaliciones entre los políticos y las fuerzas ilegales, como es el caso del médico defensor de los derechos humanos Héctor Abad Gómez. O también el caso del asesinato de políticos de izquierda, como Jaime Pardo Leal, quien había sido candidato presidencial del partido de la Unión Patriótica, asesinado en 1987 (más de 4.000 miembros de dicha organización murieron violentamente en las dos décadas siguientes). Y también el caso de Bernardo Jaramillo Ossa, quien había sido senador de la República por la UP y candidato presidencial de este partido después del asesinato de Pardo Leal.

De allí brota la pregunta: ¿Está Colombia preparada actualmente para una desmovilización de guerrilleros que implique una expresión real de perdón y reconciliación?

Tal vez se necesite, hoy con más fuerza, el papel protagónico de los sectores religiosos -quienes incitaron al pueblo a levantarse en armas cuando parecía necesario, y también a dejarlas cuando ya los medios no perseguían los fines iniciales-, para que ayuden a poner en práctica la enseñanza de un evangelio de reconciliación y abran un panorama de esperanza en una cultura que respira miedo.