Palabras a propósito del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer

Por Daylíns Rufín Pardo 

Confieso que hace tiempo la fiesta del 8 de marzo me deja más pensativa que animada. Me pasa con esta, como hace rato a muchas y muchos nos viene sucediendo con Navidad: se siente a veces que el verdadero sentido de la celebración queda diluido en medio de la misma. Y es que festejar el 8 de marzo, por supuesto que debe hacerse también desde esos tantos gestos propios que encarnan la delicadeza y ternura humanas como las flores, las postales, las palabras de cariño, aliento y agradecimiento por el don de la vida de las mujeres; pero también es una oportunidad ineludible para actualizar, entre otros tantos, los sentires y sentidos de emancipación, participación, libertad, justicia y equidad que aún necesitamos como hombres y mujeres de Dios en este mundo nuestro. Por este 8 de marzo, quiero invitarnos a pensar en esto.

¿Qué tipo de vida estamos re-creando y animando como mujeres en nuestros espacios de fe? ¿Cómo nos posicionamos y celebramos en medio de ellos?

Observando nuestro medio eclesial y religioso en general, no sería novedad, sino casi un lugar común decir que el patriarcado sigue siendo una cultura dominadora y dominante que impacta la manera de articularnos desde los poderes, el liderazgo y la participación también en los espacios de fe. Y lo sería porque, sin duda alguna, es común que estas dinámicas patriarcales sigan tomando cuerpo en mayor o menor medida en los diversos lugares de nuestra práctica religiosa.

Tómese por ejemplo, para empezar por casa, lo que sucede en cuanto a los roles de liderazgo pastoral dentro de los grupos bautistas. En Cuba tenemos bien articuladas y asentados cuatro ramas: La Convención Bautista de Cuba Occidental y la Oriental, los Bautistas Libres y la Fraternidad de Iglesias bautistas de Cuba. Dentro de estas convenciones sólo la Fraternidad ha tenido como agenda y práctica explícita la ordenación de mujeres al ministerio pastoral. La Convención oriental posee a una sola mujer ordenada, la pastora Gisela Pérez, pero su ordenación, desafortunadamente, no ha constituido hasta hoy día un cambio estructural dentro de la misma, sino una honrosa y digna excepción de posicionamiento ante una cultura machista por parte de algunas mujeres y hombres valerosos que viven su fe dentro de ese espacio en el que sirven vocacionalmente.

Otras iglesias protestantes y evangélicas como la Iglesia Presbiteriana Reformada en Cuba, la Iglesia Episcopal de Cuba, la Iglesia de Dios y la propia Iglesia Metodista entre otros grupos denominacionales, contemplan la ordenación de la mujer en mayor o menor medida desde una relectura crítica de la propia tradición y de la palabra de Dios y asimismo mantienen como eje y como tema el cuidado por dinamizar su praxis eclesiológica desde la observación crítica de la mirada de género; pero cabe decir que no todas las denominaciones ni grupos que poseen este signo de inclusión en nuestra isla, lo han hecho o hacen desde ese mismo compromiso crítico sostenido, ni en todas las épocas. Quizás es el efecto que tiene todo fenómeno liberador: desde el lugar histórico de quienes se han sentido emancipados cuesta trabajo recolocarse críticamente y cuestionar sostenidamente la prevalencia de sentidos de dicha emancipación. “La iglesia reformada, siempre reformándose” es uno de los principios que desde la tradición protestante podemos valernos para dinamizar esto.

Desde mi praxis concreta como mujer cubana, y aún sin desconocer los beneficios que mi contexto y su historia han traído y aún traen consigo a propósito de este tema, hay identificadas ya algunas configuraciones específicas dentro del fenómeno religioso donde está siendo más urgente la mirada en clave de género. Género es una categoría de relación, y por tanto mirar a fenómeno de praxis religiosa desde estos lentes demanda superar el nivel de representación estética e ir más adentro. Entrecruzarlo con otras variables puede darnos el mapa preciso de dónde están las fisuras emancipadoras y también las brechas de inequidad en ello.

Por eso, este 8 de marzo, mientras celebro con mis compañeras, compañeros y amigas el don   de la Vida dando gracias al Dios en que creemos por la capacidad de resistir y sobrevivir en este mundo de contrastes y desafíos tan marcados y violentos, quiero mirar las flores, sí, pero más que las flores, las raíces… Para no olvidar que, a pesar de los logros visibles, hermosos como las flores, aún necesitamos como pueblo de fe más que deleitarnos en los resultados, ir más adentro y palpar los procesos.