Por Francisco J Concepción

En la navidad entre los regalos, que nos empujan a reconocer nuestra valía por medio del intercambio y el consumo, y las canciones, los olores, los símbolos, los adornos y los ritos muchas veces olvidamos que se trata de una celebración fundamentalmente religiosa. Narra, la navidad, una historia que por inverosímil se nos hace demasiado familiar. Una pareja de migrantes que se tienen que ir a registrar a un censo en la tierra de origen del esposo tienen a su hijo en medio del camino sin la ayuda ni el apoyo de nadie. Esa pareja trae en la figura de ese niño a Dios hecho hombre que ha venido a redimir a la humanidad. Dios, según esa narrativa, se hace hombre, judío y pobre, para salvar a todos. Sólo si nos detenemos a pensarlo un momento nos percatamos de que algo no tiene sentido en esta historia. Obviamente no es la parte en que un dios se hace hombre, porque eso ya se ha narrado antes, de hecho muchas otras culturas tiene dioses que se hacen humanos, algunas de ellas incluso tiene dioses que se hacen mujer. Lo que no tiene sentido es la historia completa. ¿Cómo es que los cristianos creemos que Dios se hace hombre y nos quedamos como si nada?

La radicalidad de la historia de la navidad reside en el hecho de que hemos olvidado lo que supuestamente celebramos. Hemos olvidado la radicalidad de la imagen de unos migrantes que no son acogidos y que entre ellos nace Dios. ¿Se imaginan a Dios naciendo del vientre de una niña violada por el Estado Islámico en medio de su travesía hacia Alemania? ¿Qué tal si Dios naciera en medio de un campo de refugiados en Francia o en un centro de detención de migrantes en Europa? ¿Imaginan a Dios naciendo del vientre de una niña de doce años, que es lo que más o menos tendría María, si se llamó así, encerrada en un centro de detención, que es realmente una cárcel, en Texas o Florida? ¿Y qué tal si Dios trató de nacer del vientre de una niña en medio del mar Caribe cruzando el estrecho de la Mona pero su madre murió ahogada antes de que pudiera dar su primer respiro? Esta es la historia que todos hemos olvidado. Mientras celebramos la navidad y comemos cerdo, sólo porque así es que podíamos identificar quienes eran musulmanes o judíos para poder exterminarlos, los migrantes de verdad siguen su paso de muerte sin que nos percatemos. Es más, muchos incluso van a oponerse a que esos migrantes entren en nuestras tierras. Nos van a robar los empleos, van a decir los supremacistas blancos o los esclavos marrones que creen que son bancos.

Si bien es cierto que hemos olvidado la narrativa original, una pareja de migrantes que no constituyen una familia “tradicional” que tienen a un hijo ilegítimo en medio de su travesía hacia una tierra a la cual no pertenecen, también es cierto que olvidamos incluso la importancia del nacimiento de ese niño. Ahora no estoy hablando del contenido religioso. Por el momento dejemos de lado que la mayoría de los elementos introducidos en el cuento de navidad tienen una intención teológica que preferimos olvidar. Vamos a concentrarnos mejor en lo que significó para la humanidad el cuento de navidad. Ese niño que se supone era el Mesías, el elegido, el escogido para salvarnos, un relato que seguimos usando todo el tiempo para hablar de los héroes, patriotas y padres y madres de la patria, donde está permitido tenerlos, creció y fue asesinado por el estado. Fue sentenciado, el niño que hoy honramos como si fuera Dios, a pena de muerte por sedición, por conspirar contra el estado. Ese es el significado del letrero que colocaron, si es que lo hicieron, encima de la cruz. “Jesús de Nazaret Rey de los Judíos”. Todos hemos visto ese signo, “INRI”, colocado encima de la cruz donde ese niño, pobre y judío, fue asesinado por el estado. Ese letrero lo que señala es la razón de su condena a muerte. El niño, Jesús, fue asesinado porque supuestamente se proclamó rey de su pueblo. Probablemente, siendo hijo de un país sometido por un imperio y que era una colonia, se convirtió en una amenaza para el poder hegemónico y era mejor eliminarlo para eliminar la amenaza. ¿Qué tal si ese Dios al que tantos adoran está hoy encerrado en alguna cárcel sin haber sido acusado de nada como los detenidos en Guantánamo o está acusado de sedición, como el mismo Jesús lo fue, como en el caso de Oscar López Rivera?

Lo más interesante de la radicalidad de la navidad es ver cómo los cristianos son los verdugos del siglo XXI. Esos que se dicen seguidores de Jesús son los que, en nombre de Jesús, condenan a los migrantes a morir en el intento de cruzar buscando una vida mejor o los que apoyan al estado que asesina por medio de la pena de muerte o se oponen a la liberación de los detenidos en Guantánamo o de Oscar López. La mayor contradicción de la radicalidad del cuento de navidad es que los que lo celebran con oraciones, fiestas y regalos son los primeros listos para repetir la suerte de Jesús en la persona de cualquier otro hombre o mujer que no encaja en sus prejuicios y creencias enfermas. Si en aquella narrativa una familia no “tradicional” es el lugar donde Dios se hace hombre hoy podría ser en una familia de homosexuales donde el amor es más fuerte que el prejuicio. Podría ser que María fuera, como dijo recientemente una amiga en las redes sociales, un transgénero y José podría ser un homosexual. En cualquier caso ambos serían el objeto definitivo de la revelación del amor de Dios en una sociedad que se alimenta del odio fundamentado en lecturas parciales de textos que probablemente nadie escribió con el objeto de perseguir a otros. La radicalidad de la navidad choca de frente con la contradicción de un cristianismo que está más presto a condenar, perseguir y asesinar que a liberar. Mientras que la narrativa original era una de liberación social y colectiva, los que supuestamente siguen las enseñanzas de Jesús, el Dios hecho hombre que nació en medio de su travesía como migrante en una familia no “tradicional”, están demasiado centrados en condenar, perseguir y destruir las vidas de los que podrían ser Jesús hoy.

La radicalidad del cuento de navidad se nos impone como un reto día a día. ¿De verdad crees en el niño que viene a salvarnos? Ese niño podría ser un palestino que está siendo exterminado por el estado de Israel con el apoyo de cristianos fundamentalistas de los Estados Unidos. Ese niño podría ser un negro que está siendo maltratado por un policía blanco en una ciudad del imperio. Ese niño podría ser el hijo de una migrante violada que intenta escapar de la violencia que Estados Unidos ha sembrado en su país, digamos Honduras o el Salvador. Ese niño podría ser uno de los detenidos de Guantánamo que lleva más de diez años encerrado en una cárcel sin que haya sido acusado de algún delito. Ese niño podría ser una de las víctimas de la tortura practicada por los soldados de los Estados Unidos en alguno de los centros de detención utilizados por el imperio para imponer su voluntad en otras poblaciones. Ese niño podría ser Oscar López, acusado de sedición, sea lo que sea que eso significa, y encerrado más tiempo que Mandela por no haber cometido un delito. Ese niño podría ser el hijo de cualquier puertorriqueño que nace en medio de una colonia intervenida y sometida a un poder no democrático donde sus derechos han sido eliminados.

La radicalidad del cuento de navidad, el niño que viene a salvar a un pequeño pueblo sometido por un poder imperial, es la historia de cualquier niño de nuestra tierra. Definitivamente el objetivo de ese nacimiento, que podría ser un niño o una niña, podría ser un homosexual o un transexual, es la liberación. En Puerto Rico, en nuestro contexto, el proyecto de Jesús tiene nombre y apellido aunque a muchos no les guste y es independencia nacional. No hay otro posible objetivo en el anuncio de la liberación en un pueblo que ha sido colonizado por el imperio más poderoso del momento por tanto tiempo. Si ese niño naciera hoy en Puerto Rico no anunciaría otra cosa sino “conviértanse y crean en el evangelio”, pero esa conversión no puede ser otra que el compromiso indeleble con la lucha por la liberación que tiene sólo una alternativa, la independencia y el socialismo. Ahí está la radicalidad definitiva del cuento de navidad en que su anuncio de liberación será rechazado por aquellos a los que se dirige el mismo. Los esclavos no querrán ser libres y optarán por acallar ese anuncio. El imperio se encargará de hacer que sean sordos al contenido de la redención y, como en tiempos de Jesús cuando el pueblo clamó por que fuera asesinado por el imperio, los esclavos de hoy clamarán para que el que anuncia la liberación sea asesinado, excluido o al menos silenciado.

La radicalidad del cuento de navidad es que viene la libertad y la vamos a rechazar. La sangre de una víctima, de miles de víctimas, correrá a causa de nuestra comodidad y el miedo se impondrá como instrumento de control. Al final el cuento de navidad seguirá siendo eso, una narrativa bonita por medio de la cual reconocemos cual es nuestro lugar, el silencio, el sometimiento y el consumo, para que todo siga igual.