(Imagen de Fernando Botero, La pasión de Cristo)

Por Juan Esteban Londoño

El conflicto colombiano, con sus cruces y ametralladoras, tiene hondas raíces en la historia del odio.

Haremos un viaje a través de la literatura para comprender este espíritu de aborrecimiento, que ha mutado de colores, pero no de sentimientos ni de prácticas.

Proviene de mediados del Siglo XX, de la época llamada “La Violencia”, que inicia con el estallido de la rebelión en Bogotá, el 9 de abril de 1948, cuando es asesinado el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán a manos de un hombre sencillo, que presuntamente es contratado por los grupos de la élite para eliminar a quien (también presuntamente) podía ser una alternativa de gobierno.

Ante la muerte de Gaitán, el pueblo se subleva. Sin embargo, el motín no llega a nada, en el día conocido como “el Bogotazo”, porque no hay una estrategia de organización ni una toma efectiva del poder.

El descontento del pueblo es acallado mediante despidos sindicales, encarcelamiento de dirigentes, satanización ideológica de las huelgas, destrucción de la unidad de los trabajadores y asesinato sistemático de los líderes gaitanistas a lo largo del país (Sánchez, 1989, 137).

El conflicto se intensifica en el campo, donde no solamente se llama a la situación que viven “La Violencia” sino también “El Terror”: masacres diarias de campesinos, violencia sexual cometida contra los cadáveres de las víctimas y asesinatos de fetos en el vientre de sus madres (Sánchez, 1989).

La novela El Cristo de espaldas (1952) de Eduardo Caballero Calderón relata la experiencia de un sacerdote durante cinco días en un pueblo de una cordillera colombiana, a la manera de Cristo, durante su última semana en Jerusalén, de cara a “La Violencia”.

El cura llega al pueblo para proclamar el evangelio, pero se encuentra con una sociedad que crucifica inocentes en nombre del odio partidista.

En el pueblo hay dos patriarcas en conflicto: el uno, liberal; el otro, conservador. Estos viejos provienen de dos dinastías que se disputaban la hegemonía de la provincia.

También hay dos hermanos divididos. Crecen juntos, pero llegan a un odio tal, que juran matarse. Caín y Abel, el uno para el otro. Una misma sangre que quiere derramarse, rompiendo el espejo que está enfrente, cortándose las venas con las esquirlas. Colombia a lo largo de su historia.

Los conservadores controlan al alcalde y a la policía. También quieren controlar al nuevo sacerdote, haciéndolo un aliado de su causa, como lo ha sido el viejo cura, que piensa que los liberales son ateos y masones que merecen morir, mientras que los conservadores son hijos de Dios.

En la novela aparecen “los del monte”, los guerrilleros originarios, aquella mezcla de liberales y autodefensas que se vieron amenazados por la hegemonía conservadora y se fueron al monte a combatir –sólo después, a partir de 1964 se conforman como guerrillas marxistas de distintas orientaciones, al ser engrosadas por militantes con ideologías específicas, y que dan una orientación más filosófico-política a estos grupos que inicialmente fueron de resistencia ante la aniquilación por parte del gobierno-.

El pueblo de la novela no tiene nombre. Esto lo convierte en símbolo de cualquier pueblo de Colombia, especialmente en las zonas de la región andina donde la guerra afectó profundamente a la población.

El papel de la Iglesia católica, la principal potencia religiosa del país en aquel entonces, consiste en legitimar la violencia mediante su apoyo al conservatismo:

Esta cruzada antipopular contaba con dos factores cruciales que le daban coherencia ideológica, tanto en lo interno como en lo externo. En lo interno, la Iglesia. Desde el 9 de abril, sobre todo, la Iglesia respiraba ira santa. Había sido herida en su autoridad, golpeada en sus bienes y ultrajada en su personal, como tal vez nunca lo había sido en la historia de esta nación que se preciaba de ser la más católica del mundo […] En consecuencia, con notables excepciones individuales, como la del sacerdote Rubén Salazar en el norte del Tolima, o la del presbítero Fidel Blandón en el occidente antioqueño, puso todo su peso institucional del lado del poder y simultáneamente anatematizaba a la oposición y ofrecía el reino de Dios a las bandas terroristas del gobierno… Hay que subrayarlo, los chulavitas [grupo paramilitar de campesinos conservadores] y la Iglesia [Católica] desempeñaron papeles complementarios en la Violencia (Sánchez, 1989, p. 139).

Esta violencia, legitimada por la Iglesia y ejecutada por las fuerzas del Estado y los paramilitares de aquel entonces –además de intensificada por las guerrillas y los líderes liberales- genera una etapa de desplazamientos de la población desde el campo hacia la ciudad, y una cultura de venganza. Esta forma de ver el mundo a manera de vendetta ha tomado diferentes nombres pero sigue respirando hasta el día de hoy.

La experiencia de la guerra, impulsada por un discurso religioso de cruzada en Colombia, ha generado una conducta social, un lenguaje y un sistema de valores que se repite en un círculo demoníaco:

De autodefensas campesinas a guerrillas; de paramilitares chulavitas a paramilitares con fuerte influencia en la política; de Iglesia Católica a favor de la guerra a las diferentes iglesias carismáticas de derecha, las cuales se niegan a los Acuerdos de paz y justifican de maneras similares lo que justificaba la Iglesia Católica en los siglos XIX y XX: la eliminación o no inclusión del que piensa diferente o es distinto.

El Estado sigue siendo el mismo: los mismos, o sus hijos, que es lo mismo, están en el poder.

Estos movimientos religiosos se erigen de espaldas a Cristo, justificando la violencia en el nombre de una religión exclusivista que nada tiene que ver con el Evangelio de amor al prójimo. Según estos extremistas religiosos, los voceros de otras verdades de la vida, de otras versiones (sub-versiones, per-versiones) han de ser eliminados: son rojos, o ateos, o herejes.

Sin embargo, siempre queda un remanente, unos pocos líderes, sociales o religiosos, que levantan una voz profética. Estos, personificados en la reflexión del sacerdote sin nombre de la novela de Caballero Calderón, elevan el estandarte del evangelio por encima de la niebla teñida de sangre en las montañas colombianas:

“Mientras todos los hombres no asciendan la cuesta del Calvario y no miren desde la cruz, al través de los ojos del Cristo, en el melancólico panorama del mundo envuelto en sombras, no habrá entendimiento posible entre unos y otros”.

 

Bibliografía

-Caballero Calderón, Eduardo. (1952). El Cristo de espaldas. Bogotá: Panamericana, 1996

-Sánchez, González. (1989). “La Violencia: de Rojas al Frente Nacional”. En: Tirado Mejía, Álvaro (Dir.). Nueva Historia de Colombia II. Historia Política 1946-1986. Bogotá: Planeta, 1989, pp. 127-152