Por Ariel Corpus

En octubre de 2017 se conmemorarán 500 años de que Martín Lutero clavara en la puerta de la catedral de Wittenberg sus 95 tesis que criticaban la venta de indulgencias y cuestionaban severamente al papado. Si bien la Reforma Protestante no fue la causa principal de la modernidad occidental, sí tuvo un papel activo en ella. Parte importante de la sociedad moderna es el respeto a la integralidad de las personas, la ampliación de los derechos, el respeto a las convicciones propias, así como la tolerancia hacia la diversidad.

En este marco de conmemoración, parece que hoy en día muchas de las actitudes de los evangélicos mexicanos transitan en dirección inversa a lo que la Reforma Protestante aportó al mundo actual. Su lejanía de “Lutero” —ni qué decir de otros reformadores— los acercan cada vez más a las alianzas con sectores de ultraderecha católica, justo en el escenario y bajo las reglas del juego que se les imponen.

La derechización de los evangélicos no es cosa menor —aunque tampoco extraña—, pues pone en evidencia su agenda de intereses en el marco de las políticas públicas. En Brasil, Colombia y Guatemala ya ha tenido sus estragos, en México han incidido en la incursión política de un sector mediante el Partido Encuentro Social (PES), aunque no es el único ejemplo. Tan sólo en estos días, dos miembros del PES fueron noticia: la asambleísta por la Ciudad de México, Aída Arregui Guerrero, fue acusada de encontrarse aún registrada como “ministro de culto” en la Secretaría de Gobernación, lo que es una clara violación a los principios constitucionales para ocupar cualquier cargo de elección popular. Por su parte, el diputado local Israel Fierro, de Chihuahua, propuso en la ciudad norteña conformar la “Comisión de asuntos religiosos, familia y valores”: el nombre lo dice todo.

El protestantismo no ha estado exento de un proyecto de regeneración moral, mismo que fue trasladado desde la mentalidad de los misioneros norteamericanos en el siglo XIX, compartido por los recién convertidos y enseñado en las comunidades religiosas. El protestantismo se volvió portador de un capital cultural donde la sexualidad y la familia tienen fronteras bien definidas. Incluso la participación de los protestantes en los movimientos revolucionarios no movió un ápice del proyecto de regeneración moral: a la par de las sociedades mutualistas estaban las de temperancia, a la par de sus modelos de pedagogía cívica las clases idóneas para señoritas, a la par de su crítica a la política de conciliación porfirista su rechazo a la cultura popular.

A lo largo del siglo XX la mayoría de los evangélicos tampoco han cuestionado los discursos patriarcales arraigados en sus teologías dominantes, mucho menos de las imágenes masculinizadas de dios. Su énfasis salvífico y el discurso de conversión se volvió estandarte: los hombres dejaron de ser alcohólicos, drogadictos, mujeriegos y parranderos, pero afirmaron su masculinidad a partir de una imagen androcéntrica de la creación; las mujeres se volvieron virtuosas, púdicas y mejores esposas, pero no buscaron, con pocas excepciones, mayores espacios de participación y protagonismo en las iglesias.

A partir de la segunda mitad del siglo XX un sector evangélico encontró en el fundamentalismo religioso un aliado que ocupó el hueco que dejó el marco histórico de la cultura liberal heredada del siglo XIX. En medio de la guerra fría, este sector se opuso a todo lo que tuviera tintes de izquierda radical o que se asociara con la palabra comunismo.

En las elecciones de 1988, el “voto evangélico” empezó a diferenciarse en las urnas; algunos sectores minoritarios se interesaron por recuperar el legado liberal y otros más continuaron y definieron su apuesta de la opción por los pobres, ya fuera en instancias religiosas o trasladándose a los movimientos sociales. Pese a lo anterior, no hubo un interés de estos actores por hacer uso de su capital político como sucedió entre los sectores más fundamentalistas que aprendieron a organizarse como bloque y hacer uso de la representatividad al lograr que sus liderazgos se convirtieran en interlocutores con el Estado e incluso voces legítimas en la opinión pública.

A pesar de la atomización de los protestantismos, de los múltiples proyectos que representan la variedad de sus iglesias y de los propios actores creyentes que pueden disentir de la institución, el sector fundamentalista es el que ha capitalizado en mayor medida la representatividad y lo han traducido en un interés por la defensa de los valores tradicionales que se oponen a la modernidad, justo como lo pretende la jerarquía de la iglesia católica en alianza con su sector más oscuro. En el ámbito de lo eclesial están cerca de “Norberto” [Rivera], por lo que no resulta descabellado la presencia de ministros en eventos comunes (marchas, foros, mesas de trabajo), con lo que se suman a sus proyectos e intereses y se alejan de una sociedad con mayores libertades. En el ámbito político, su pragmatismo electoral los acerca al mejor postor, por lo que seguramente en las elecciones del 2018 acomodarán de la mejor manera sus piezas.

La diversidad sexual, que décadas atrás se mantuvo “en el closet”, hoy tiene un punto en la agenda pública. Ello ha reanimado el discurso de conversión de muchas iglesias evangélicas, ha desatado la beligerancia del grupo más reacio al tránsito de una sociedad con mayores libertades, pero sobre todo ha recordado que en su sistema clasificatorio lo “anómalo” no tiene cabida.

Por lo anterior, en el marco de la conmemoración de la Reforma Protestante y frente a un sector que recuerda la bula Exsurge Domine del obispo de Roma León X, es necesario apelar a la libertad de conciencia, justo el gran aporte de Lutero al mundo.

Nota: agradezco los valiosos comentarios y sugerencias de Jael de la Luz para la realización de este texto.