Ely Orrego Torres [1]

Desde hace unos años que la presencia evangélica ha trascendido el espacio privado de la religión, entrando a lo público por medio de la política. Un trabajo que han realizado con fuerza, involucrándose políticamente y adhiriendo a causas de la agenda valórica que defienden como cristianos. No obstante, pocos imaginaban las implicancias de esta participación y desenvolvimiento con consecuencias políticas para el contexto político latinoamericano influenciado por su voto y discurso.

Brasil y el impeachment a Dilma Rousseff, el rechazo al acuerdo de paz en Colombia y el apoyo de los grupos evangélicos conservadores a Donald Trump son sólo algunos de los hechos que manifiestan cómo el lobby evangélico se instala en espacios de poder, cambiando el status quo[2]. Acompañado también de la movilización de creyentes para emitir votos en contra de proyectos que dicen ser contrarios a lo indicado por la Biblia, como el plebiscito en Colombia donde se rechazó el acuerdo por contener ideas contra la concepción de familia, de acuerdo a sus líderes.

Sin embargo, ¿cómo nos afecta este escenario en tanto latinoamericanos, y en particular, como ciudadanos chilenos? No cabe duda de que la participación política de los protestantes y evangélicos en el país tiene sus antecedentes afortunados y desafortunados al momento de analizar su participación política. Por eso, en primer lugar, tenemos que entender que la población evangélica en Chile no es homogénea y que tradiciones cristianas diversas pueden converger en dichas agendas valóricas, pero también diferenciarse radicalmente. En ese sentido, no podemos hablar de una única voz de lo evangélico o protestante cuando nos referimos a la actitud de estos creyentes frente a la política.

Es innegable la desafección política que hoy Chile vive. Éste incluye un bajo porcentaje de participación política en las urnas desde que comenzó el voto voluntario, así como la distancia y falta de identificación política, constituyendo una crisis en la percepción ciudadana sobre las instituciones públicas[3]. Por otro lado, la existencia de escándalos de corrupción asociados al financiamiento de la política y que han afectado a personalidades públicas de todas las ideologías políticas, ha evidenciado la pérdida de credibilidad en los partidos políticos tradicionales, e incluso, de la política como actividad relevante para el cambio social. Ante eso, la falta de identificación de los evangélicos con una ideología política, abre las opciones para que líderes eclesiales surjan como representantes del discurso cristiano, pero limitándose a lo valórico-sexual, es decir, a la oposición del aborto, matrimonio igualitario y adopción de niños por parejas del mismo sexo. Discursos y reacciones que en Latinoamérica se han asociado con grupos conservadores y asociados a la derecha parlamentaria, los mismos que se han opuesto a políticas gubernamentales de los llamados gobiernos de izquierda.

Entonces, ¿por qué habría que preocuparse? Porque pese a la diversidad de opiniones y creencias dentro de una misma población creyente, las que están adquiriendo más fuerza y visibilidad comunicacional son aquellas que movilizan personas en función de esta agenda valórica-sexual que, inclusive, tiene pretensiones de instalar una teología política evangélica como forma de gobierno. Si los evangélicos consideraban que un cristiano no debía involucrarse en política o no preocuparse de los problemas “mundanos”, hoy ven a la política como una oportunidad para disputar un espacio de poder e influenciar por medio de su entendimiento de la fe. Porque se trata de un voto que, en la situación actual de la desafección participativa en política, puede cambiar un resultado. El evangélico, siguiendo la tradición protestante weberiana, es disciplinado cuando se trata de cumplir con el deber cívico, más aún cuando ven que sus intereses están en juego por la agenda legislativa del Gobierno. Sin mencionar que estas posturas son alimentadas por los mismos pastores –quienes poseen una importante influencia en la toma de decisiones de sus fieles– que alientan a sus adeptos a no votar por aquellos candidatos que están en contra de los llamados “valores cristianos”. Y los números no son menores, ya que cerca del 18% de la población nacional se declara afín a una iglesia evangélica, lo que en términos electorales, podría significar que el nuevo sistema de elección parlamentaria de tipo proporcional entregaría más chances de tener en el Congreso a varios parlamentarios cristianos, si es que apuestan por las zonas donde existe el llamado “voto evangélico”. Y ese es un antecedente del que buscarán sacar provecho, considerando que los evangélicos hoy están inculcando y presentando un discurso político –más que uno de tintes pastorales–, lo que se relaciona directamente con el desencantamiento general de los ciudadanos que hoy no se sienten representados por los partidos políticos. Lo anterior permite la posibilidad de adherirse a quien encarne los principios religiosos en los que se cree, los que se defienden no desde el color, sino que desde los valores. De tal modo, se busca una negación de la politicidad, por medio de una aparte neutralidad.

Como lo predijo Evguenia Fediakova unos años atrás, las iglesias pentecostales, fundamentalistas y neopentecostales buscan formar parte del proceso global, consolidándose como un nuevo protagonista de la sociedad civil[4]. Y para ello, las próximas elecciones municipales serán su primer desafío, esperando proyectarse para las parlamentarias del año entrante. Uno de los movimientos que está en esa línea es Por un Chile para Cristo, cuyo lema es “reeducación cívica para los cristianos” donde llaman a votar en sus redes sociales y página web por aquellos candidatos que representen sus “creencias, valores y principios bíblicos”[5]. En esa línea, en un grupo en Facebook titulado “Políticos cristianos para Chile”[6] (con casi 4 mil miembros) se difunde propaganda y alternativas políticas de los denominados candidatos cristianos, con versículos, lemas a favor de los valores y discurso evangélico que busca captar el voto de aquellos fieles que siguen esa línea de lo valórico. Y pese a que las elecciones municipales de este domingo aluden al gobierno local, por tanto, no se decide ni vota por candidatos que legislarán en materias de la agenda valórica, no es menor el uso de ese recurso retórico para atraer votos con el argumento de que es un candidato con valores cristianos y bíblicos.

¿Por qué es peligroso el incipiente poder del votante evangélico? Es peligroso porque visibiliza el poder político que el voto evangélico puede conllevar en Latinoamérica, especialmente en Chile, a la luz de los acontecimientos vistos en el resto del continente. Considerando además que el catalizador que les impulsa a participar en política no es la eliminación del lucro, la redistribución de la riqueza, el fin del sistema de pensiones o una mejor educación para los futuros niños y jóvenes del país, todas temáticas que están en boga en la actual discusión pública. Es peligroso pensar de lo que el lobby evangélico es capaz, y ha sido capaz, en un contexto donde los derechos sociales han sido desplazados por un discurso valórico-sexual, instalándose como las únicas preocupaciones en materia política nacional. Es peligroso pensar que esta “reeducación cívica” genera más confusión y desinformación cuando no se educa a la población sobre lo que significa votar por un alcalde o concejal, el que poca relevancia tendrá en materia de legislación de materias que defienden. Es peligroso ver cómo el mismo discurso evangélico ha errado en asentar ciertos conceptos –como el de “ideología de género”–, desde un mal entendimiento, difundiéndolos como parte de un eslogan que sería perverso y contrario a la fe. Es peligroso que la voz evangélica sea reconocida únicamente por medio de estos rostros, los que incluso abogan por una república para Cristo, estando en un país denominado laico.

Y más importante aún, es peligroso que este tipo de “evangelio” sea anunciado como si fueran buenas noticias, siendo que han eludido los principales problemas sociales y políticos que nos aquejan como país y continente, los que no se resumen en una agenda valórica-sexual.

Santiago, 20 de octubre de 2016.

[1] Politóloga de la Pontificia Universidad Católica de Chile y candidata a magíster en pensamiento contemporáneo de la Universidad Diego Portales. Posee un diplomado en derechos humanos, mención educación de la AUSJAL y el IIDH. Actualmente es la coordinadora del Movimiento de Estudiantes Cristianos (MEC) en Chile.

[2] Sobre otros casos, revisar edición de El Mercurio del 16 de octubre: http://images.elmercurio.com/MerserverContents/NewsPaperPages/2016/oct/16/MERSTIN006AA1610_768.jpg

[3] Para estadísticas de la percepción de los chilenos sobre la democracia y sus instituciones, remitir al último informe del PNUD de Auditoría a la Democracia en: http://auditoriaalademocracia.org/web/pnud-presenta-iv-encuesta-auditoria-a-la-democracia/

[4] Evguenia Fediakova (2002). “Separatismo o participación: Evangélicos chilenos frente a la política”. Revista de Ciencia Política 22 (2): 32-45.

[5] Por un Chile para Cristo. http://www.porunchileparacristo.com/quienes-somos

[6] Un reportaje extenso sobre este nuevo movimiento político cristiano puede verse en The Clinic. Del templo a las urnas: Los canutos al poder. http://www.theclinic.cl/2016/08/23/del-templo-a-las-urnas-canutos-al-poder/