Por Juan Esteban Londoño

Este 2 de octubre se votó No al Acuerdo entre las FARC y el Estado Colombiano por el fin del Conflicto Armado y el inicio de la construcción de una paz estable.

A mi modo de ver, era un acuerdo aceptable[1], en la medida en que no se trataba de una imposición de un vencedor sobre un vencido, pues ni el Estado venció a las FARC, ni las FARC al Estado. En toda negociación se gana algo y se pierde algo.

Lo más importante que se ganaba en el acuerdo –hablo desde el punto de vista del pueblo y de las víctimas- era el segmento dedicado a la política de desarrollo agrario integral, el cual sentaba las bases para la transformación del campo, la erradicación de la pobreza rural, el cierre de la brecha entre el campo y la ciudad y el desarrollo de la agricultura campesina.

El Acuerdo, además, en su segmento dedicado a la apertura democrática para construir la paz, buscaba el rompimiento definitivo del vínculo entre política y armas, quitándole a las FARC toda disculpa para actuar en contra de una injusticia que es real. Si se quitan las causales que llevan a los grupos armados a justificar su levantamiento violento, estos grupos ya no tienen razón de ser y cambia de lugar el escenario de su lucha hacia el debate parlamentario.

Este Acuerdo no sólo era una posibilidad de acabar la guerra, sino que orientaba a Colombia hacia una significativa modernización[2].

Lo que dejaba con dudas era que algunas personas que cometieron crímenes de lesa humanidad no podrían ser juzgadas como se esperaba por parte de algunas víctimas. A muchas de ellas –o a quienes hablan en su nombre- ningún castigo o arrepentimiento serán suficientes para sanar su dolor y las consecuencias que tuvieron que sufrir.

Otro argumento débil era el de la solución al problema de las drogas ilícitas, el cual proponía sustitución voluntaria de los cultivos de droga y trasformación de los territorios afectados. Sin embargo, este es el problema más difícil de controlar, y no depende de la voluntad de las FARC, porque hay otros actores que trafican la droga y siguen controlando territorios: paramilitares, mafias, otros grupos guerrilleros, campesinos independientes que buscan subsistir, políticos corruptos.

  1. Las iglesias que rechazaron el Acuerdo

Las iglesias que rechazaron el Acuerdo fueron las de orientación neopentecostal y los católicos más conservadores. En Colombia, se llama a este tipo de iglesias “Iglesias Cristianas”, anteponiendo el término a “Iglesia Católica”, de modo que si alguien dice que hace parte de la “Iglesia Cristiana”, se refiere por lo general a que forma parte del sector neopentecostal o carismático. Yo prefiero llamarlos, por respeto a los demás grupos cristianos y a los pentecostales, la Derecha Carismática.

Líderes como César Castellanos (Misión Carismática Internacional), Enrique Gómez (Centro Misionero Bethesda) y Miguel Arrázola (Iglesia Cristiana Familiar Ríos de Vida) se opusieron radicalmente al Acuerdo de paz, entre otros.

Los argumentos menos relevantes fueron los que tomaron más relevancia para ellos: que Colombia se iba a convertir en una dictadura comunista “castrochavista” (término acuñado por el líder de la ultraderecha Álvaro Uribe y su jefe de campaña Juan Carlos Vélez –quien hace poco renunció al Partido por filtrar información de la campaña poco ética que realizó el Centro Democrático contra el Acuerdo-); y también, que se iba a obligar a todos a aceptar a los homosexuales, o lo que ellos llamaban “la ideología de género”.

El pastor Arrázola, en un video publicado por su Iglesia en Youtube, interpretaba el libro de Daniel (11,30) sin mucha base histórico-exegética, para hablar de una profecía[3] sobre la falsa paz y concluir: “el No es por lo que hay que votar”. Luego afirma: “El anticristo lo tenemos en Colombia”, en doble referencia, tanto a las FARC como a Juan Manuel Santos.

Otro pastor, Jorge Trujillo[4], quien además fue Senador de la República, invitaba tanto a católicos como a evangélicos a que se unieran para rechazar el Acuerdo de paz –en esto sí son ecuménicos-. Señalaba que el Acuerdo de la Habana está lleno de mentiras, pero no explicó por qué, siguiendo con la propaganda difamatoria que extendiera el partido de Uribe, el Centro Democrático. Se refería a una reforma tributaria en la que los cristianos tendrían que pagar muchos impuestos para sostener el postconflicto. Señalaba que el líder de las FARC, Timochenko, después del Plebiscito, sería el político más poderoso del país y que haría una reforma agraria y una reforma a la educación y la salud. Le preocupaba mucho que en el Acuerdo de la Habana no apareciera el nombre “Dios”, y que el jefe negociador por parte del gobierno, Humberto de la Calle, fuera ateo, al igual que sus contrapartes de las FARC.

Trujillo se refirió a la “Manipulación mundial de la ‘ideología de género’”, que estaría dentro de la Constitución, y que ya se buscó implementar por la Ministra de Educación Gina Parody (la cual es una declarada lesbiana). Por lo que refirió el pastor: “entonces tendríamos que aceptar que nuestros hijos sean formados por estas personas” (en expresa discriminación a Parody), ya que el Acuerdo incluye una referencia marginal a la población LGBTI, y que vincula el enfoque de género, habría que decirle No a este Plebiscito, argumentó este pastor.

Indicaba, además, que este Acuerdo habría estado influenciado por chamanes, brujos y santeros, en referencia a las comunidades indígenas que han apoyado los diálogos. Este pastor, en otra ocasión había dicho que el país había sido entregado a brujos y demonios, porque Santos se dejó bendecir por los mamos indígenas de la Sierra Nevada[5].

El argumento final estaba basado en el miedo escatológico. Trujillo daba una visión apocalíptica del post-conflicto, al mejor estilo de la predicación de los puritanos dispensacionalistas: “En mi casa, a mis hijos, se creará una policía especial que se encargará con la persecución de aquel que no esté de acuerdo con la implantación de este nuevo orden… Esto va a ser una persecución terrible a los pastores y las iglesias… si una iglesia está en desacuerdo para implantar su ideología, quieren desmantelarla”[6]. Lo hizo en referencia a los grupos élite que se encargarán de la verificación del cumplimiento de los acuerdos –no de hostigar a los evangélicos-. Con esto, evoca temores de una persecución religiosa, que ni siquiera se asoman en los Acuerdos, los cuales apuntan más al pluralismo que al exclusivismo ideológico, ya sea ateo, comunista, indígena, o con enfoque de género.

  1. Las iglesias que apoyaron el Acuerdo

Las iglesias históricas en su mayoría le apostaron al Sí. Durante un largo tiempo, los líderes, pastores y obispos de la Iglesia Metodista, la Iglesia Luterana, la Iglesia Menonita, la Iglesia Presbiteriana, algunos líderes y laicos católicos, algunos rabinos, imames y otros líderes apoyaban el proceso.

Cerca 40 líderes religiosos fueron testigos de la firma del Acuerdo en Cartagena, y celebraron con alegría este paso hacia la reconciliación.

Entre el 7 y el 11 de marzo, Justa Paz y varias organizaciones de la Iglesia Menonita realizaron el curso “Reconciliación desde una perspectiva de fe: aproximaciones teológica, ética y política”, con la participación de aproximadamente 50 personas. Con esto, buscaban proveer un marco ético, teológico y político para promover la reconciliación en Colombia[7].

El 25 de agosto de 2016, la Federación Luterana Mundial se pronunció para facilitar el proceso de diálogo y construcción de la paz a nivel local. Los luteranos definían la paz como un resultado de la justicia para los más excluidos y no como la mera dejación de las armas[8].

En el mes de septiembre, la Comisión de Paz de la Iglesia Presbiteriana de Colombia se pronunció en una Carta al Presidente Juan Manuel Santos. La Comisión apoyaba las iniciativas de paz y se dispuso para acompañar al gobierno en la construcción de políticas públicas para la reconstrucción del tejido social y acompañar a las víctimas[9] . En esta carta, recordaron, además, el hecho de que el Estado tiene una deuda social con el pueblo colombiano, y denunciaron las situaciones de injusticia que aún se viven, esperando que el Acuerdo mejore las condiciones de las personas más pobres.

En su carta del 29 de septiembre de 2016, el Reverendo Milton Mejía, secretario general del Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI), tomaba como argumento para apoyar el Sí la enseñanza y el ejemplo de Jesús, recordando la importancia de la conversión, el rechazo a toda forma de violencia y la obligación de vivir respetando la diversidad que Dios ha creado[10].

Muchos otros casos se expresaron en favor de la paz, desde una sólida fundamentación bíblica y teológica.

En casos particulares, se destaca, por ejemplo, la labor del pastor y teólogo bautista Harold Segura, quien testifica lo que fue su labor, y la de muchos otros líderes religiosos, en favor del Sí: participación en redes eclesiales e interreligiosas a favor de la paz, y en reuniones con personas del gobierno y actividades del Ministerio del Interior, diálogo con los contradictores del acuerdo y respaldo al Sí, que nunca fue un respaldo partidista al presidente Juan Manuel Santos, sino una apuesta esperanzada en que el Acuerdo ayudaría a reconstruir el país[11].

Pero no sólo lo hicieron pastores luteranos, bautistas o presbiterianos. También líderes de origen pentecostal estaban a favor de la paz, como es el caso de Alexander Puerta, pastor de la Confraternidad Carcelaria de Antioquia y estudiante de Derecho, quien fue víctima de las FARC en 1995 y en otras muchas ocasiones (su padre fue asesinado por este mismo grupo, y su familia perdió inmensa cantidad de tierras en manos las FARC). En un video en su cuenta en Facebook, Alexander manifiesta su apoyo al Acuerdo de paz[12]:

Yo me levanté de los muertos para decirle a Colombia que podemos perdonar, que podemos reconciliarnos. Si usted va a hacer el voto, hágalo por nosotros las víctimas, por los que realmente hemos sufrido, por los que conocemos el dolor y la pérdida de todo lo que tenemos. […] Resistámonos al odio, al rencor, a la venganza y hagamos algo nuevo. Y si alguno de nosotros es cristiano y tiene fe en Jesucristo, nosotros somos de los que predicamos el evangelio, y el evangelio es una predicación de transformación donde creemos que el otro puede cambiar. Y de alguna manera, con el voto por el Sí, estamos diciéndoles: creemos que podemos cambiar.

  1. Balance teológico

El pastor Edgar Castaño, Presidente de CEDECOL (Consejo Evangélico de Colombia), manifiesta un punto de vista neutral frente al Plebiscito: “CEDECOL no está por el Sí ni por el No, sino para hacer una pedagogía donde cada creyente pueda votar en conciencia”[13]. Con esto deja en libertad a los creyentes y a las iglesias para que elijan, respetando su capacidad de democracia y lo que consideren la orientación más cristiana.

Las iglesias históricas tienden a orientarse a apoyar los Acuerdos de Paz. Las iglesias de orientación carismática, a rechazarlos. Ambos grupos, por supuesto, están seriamente convencidos de que su punto de vista es el más adecuado tanto respecto al mensaje del evangelio como respecto a la situación social.

Pero, ¿cuál de las dos posturas está más cercana al evangelio y es más acorde a los signos de los tiempos?

Los líderes y pastores de las iglesias históricas respaldaron al Gobierno en el Acuerdo de paz, y emitieron comunicados fundamentados en textos bíblicos y razones sociales y políticas ponderadas para la construcción de una nueva sociedad. Esto, no sin hacer hondas críticas al sistema de injusticia que ha vivido históricamente Colombia. Esto refleja que estas organizaciones no son santistas y pro-estatales, sino que han visto en el ente gubernamental una iniciativa positiva con la cual pueden aliarse para comenzar a construir la paz.

Los líderes que rechazaron el Acuerdo de paz tienen motivos religiosos para hacerlo, sin duda alguna. Están convencidos de sus creencias, las cuales provienen de una interpretación literalista de la Biblia. Sin embargo, su interpretación de las Escrituras se aleja de una hermenéutica sana, lo cual no solamente los enferma a ellos y a sus seguidores, sino también a toda la sociedad. Su fe no libera, sino que carga de culpa, deseos de venganza y exclusión. Parecen olvidarse del mensaje central del Evangelio: el amor y el derecho de todos a participar en una buena vida, independientemente de si comparten las mismas creencias o no.

Esto dista mucho del mensaje de Jesús de Nazaret:

Habéis oído que se dijo: “OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE.” Pero yo os digo: no resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te abofetee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. Y cualquiera que te obligue a ir una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que desee pedirte prestado no le vuelvas la espalda. Habéis oído que se dijo: “AMARÁS A TU PRÓJIMO y odiarás a tu enemigo.” Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis más que otros? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,38-48).

A mi modo de ver, en estos versos, y en Sermón del Monte en general, se cifra el sentido de ser cristianos: perdonar al que nos ofende, amar al enemigo, darle al que nos ha intentado robar, orar por los que nos persiguen; no dejar que nada ni nadie nos victimice, sino superar con dignidad las situaciones en las que se nos ha maltratado y aplastado. Construir la paz. Aceptar a todas las personas y darles un trato igualitario es el sentido de la perfección. Dios hace salir el sol sobre todas las personas. Del mismo modo, los cristianos deben aceptar que las leyes beneficien a todos y todas, incluyendo a los homosexuales y a los indígenas -muchos de los cuales son, además, creyentes… para bendición de sus comunidades-.

Probablemente lo más cristiano sea invitar a estas personas excluidas también a la mesa de la vida, porque Jesús fue el Mesías de los excluidos por la religión oficial.

Ante el fundamentalismo que excluye, es necesaria la mediación hermenéutica. Una teología sana realiza una interpretación actualizante de la palabra de Dios y descubre nuevas posibilidades de sentido en función de los nuevos climas sociales y culturales que van emergiendo.

Los textos de la Biblia no pueden ser aplicados directamente a nuestra realidad actual sin una mediación crítica y una lectura selectiva, porque, de lo contrario, estaríamos apuñalando a nuestros vecinos para apoderarnos de sus tierras (1 Sam 15,3), estaríamos apedreando a las jovencitas que no llegan vírgenes al matrimonio (Dt 22,14) y podríamos tener esclavos, incluso golpearlos (Ex 21,21).

Para leer la Biblia de una forma que haga justicia al evangelio de Jesús necesitamos de la hermenéutica: investigación filológica, histórica y sociológica; historia de la recepción, sospecha ante las imposiciones de sentido, y relecturas.

Debemos poner a las Escrituras en diálogo con la razón y la ciencia, con la experiencia y la tradición, porque ellas también son fuentes para la reflexión teológica y pastoral. No podemos aceptar cualquier versículo bíblico, citado de modo aislado de su contexto de producción, como si fuera una verdad incuestionable. Como lo ha dejado ver Paul Tillich:

El fundamentalismo falla al entrar en contacto con la situación actual, no porque hable desde más allá de toda situación, sino porque habla desde una situación del pasado. Eleva algo que es finito y transitorio a una validez infinita y eterna[14].

El mismo Jesús fue selectivo al leer las Escrituras hebreas: “ustedes oyeron que se dijo, pero yo les digo…”. El Maestro eligió un grupo de textos para recomendar una orientación ética creativa y contextual. Y Pablo, el teólogo más importante del primer siglo, se comprometió con este mismo proyecto, plantando comunidades de no-exclusión, sino de diversidad y pluralidad, dejando de lado los textos de la Biblia que promueven el fanatismo: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3:28).

Para lograr esta forma de vida comunitaria que proponen Jesús y Pablo es necesario rescatar “el ministerio de la reconciliación”, que consiste en construir no solamente una comunidad vertical sino también horizontal. No nos reconciliamos con nuestros amigos, sino con nuestros enemigos, y con aquellos que parecen diferentes:

Ese es el mensaje del evangelio: a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación (2 Cor 5,18-19).

¡Qué lejos están del mensaje del evangelio de la paz aquellos pastores y líderes que excluyen, discriminan y promueven la venganza! No porque no tengan el derecho a querer un mejor Acuerdo –el de La Habana tiene sus fallas-, sino porque el rechazo a este se basa en interpretaciones supersticiosas, y sus convicciones están mediadas por la comodidad que les brinda su alianza acrítica con el status quo.

No es un secreto el vínculo que tienen estos líderes evangélicos con la Derecha política. Los pastores de las principales iglesias carismáticas que rechazan el Acuerdo de la Habana tienen una relación cercana con el líder de la ultraderecha y expresidente Álvaro Uribe Vélez y con los partidos políticos que han girado en algún momento en torno a este.

El pastor Enrique Gómez, amigo del Jefe de Estado, es el líder de una congregación con 200.000 fieles, la cual respaldó la primera campaña presidencial de Uribe. César Castellanos y su esposa Claudia Rodríguez fundaron el Partido Nacional Cristiano (PNC), al cual los analistas le adjudican parte de la responsabilidad en el triunfo de Uribe durante las elecciones presidenciales de 2002. Tiempo después, Uribe le dio a Claudia Rodríguez la embajada en Brasil. En 2006, estos pastores y su inmensa iglesia de más de 900 mil seguidores contribuyeron nuevamente al triunfo de Uribe[15]. Y Jorge Trujillo, durante la campaña por la reelección de Santos hizo una propaganda religiosa en favor del candidato uribista, Oscar Iván Zuluaga, argumentando que Santos le entregó la nación al demonio (a los mamos indígenas).

De modo que nos encontramos con un maridaje que ya se da desde el siglo XIX en Colombia entre la Iglesia Católica y el Estado. Ahora se trata de una poligamia: la derecha política y los carismáticos de derecha, representados en diferentes facciones, para traer beneficios por parte del Estado a las Iglesias (Embajadas, puestos políticos, implementación de su moral religiosa en la política) como de las Iglesias al Estado (votos, sustentación ideológica a las prácticas políticas y militares). Un maridaje similar al de Constantino y la Iglesia en el siglo IV, cuando el Emperador se benefició del poder ideológico que tenía el cristianismo, y la Iglesia obtuvo privilegios como nunca antes los había tenido.

Es llamativo que la Derecha Carismática ahora invite a la desobediencia civil, citando el texto de Hechos 5,29: “Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres”. Sin embargo antes, mientras Uribe fue presidente, se referían con frecuencia a Romanos 13,1: “Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan”, y condenaban a todo aquel que desacatara las normas del entonces mandatario. Así van acomodando a su tendencia política, sin comprometerse con el mensaje esencial del evangelio: la identificación con los pobres de la tierra, la solidaridad con los pequeñitos.

Por esto hablamos aquí de una derecha carismática. Son movimientos carismáticos que se desprenden del neopentecostalismo, y convierten la fe cristiana en un mercado de ofertas económicas y de milagros rara vez nunca llegan, manipulando a los creyentes y quedándose con su dinero a través de la recaudación de los diezmos. Pero no sólo eso. Se alían con las fuerzas políticas más conservadoras, en nombre de la Biblia y de la buena moral, y desprecian a todos aquellos que no piensan como ellos, llamándolos demonios y satánicos, sin tener la capacidad teológica de ver a Dios en el otro, y al otro en Dios.

Esta satanización del otro, fundamentada en argumentos religiosos, permite a los grupos políticos y militares actuar sin sentimiento de culpa ni desaprobación del pueblo. Si el otro está supuestamente aliado con el diablo, entonces hay que eliminarlo. Algo que se aplica en Colombia desde la época de las Guerras de religión, en el siglo XIX, realidad llevada a la literatura por Tomás Carrasquilla en su novela “Luterito: el padre Casafús”, en la que un sacerdote que se opone a predicar la guerra y la violencia es acusado de “rojo” (liberal), y por lo tanto convertido en blanco para la exclusión y la eliminación.

Pero no todos los creyentes que asisten a estas iglesias tienen estos mismos intereses económicos o de poder. Muchos de los que votaron rechazando el Acuerdo de la Habana, lo hicieron porque fueron manipulados, tanto por el discurso de sus líderes religiosos, como también por la exitosa campaña de la ultraderecha, cuyo promotor principal, Juan Carlos Vélez Uribe reveló que lograron movilizar a las masas mediante el recurso a la rabia: “estábamos buscando que la gente saliera a votar verraca [enojada]… la estrategia era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación”[16].

Frente a las masas manipuladas nada se puede hacer, excepto amarlas compasivamente y denunciar los mecanismos de manipulación a los que son sometidas. Es una labor pastoral que requiere paciencia y amor. Tal vez el trabajo de una evangelización integral consista en ayudarlos a ver las falencias y los abusos de la doctrina que los atrapa, liberándolos de los engaños demoníacos –el diablo es padre de la mentira y promotor de la muerte- y llevándolos a un evangelio que ponga en práctica la utopía del Sermón del Monte y un nuevo ser.

Responder a estos líderes y pastores de la Derecha Carismática es sencillo. Se puede hacer desde una lectura medianamente inteligente de la Biblia, particularmente de las enseñanzas y el modo de vida de Jesús de Nazaret. Ya lo han hecho activistas de diferentes grupos. ¿Pero realmente van a escuchar estos pastores? ¿Se bajarán de su trono de hierro para atender las voces de los pecadores, de los mundanos? Si ellos escuchan directamente a Dios, ¿van a querer prestarle oídos a un simple mortal?

NOTAS

[1] Aquí se puede leer y descargar el Acuerdo: https://www.mesadeconversaciones.com.co/sites/default/files/24_08_2016acuerdofinalfinalfinal-1472094587.pdf

[2] http://www.semana.com/nacion/articulo/plebiscito-por-la-paz-bienvenidos-al-pasado-por-marta-ruiz/497738

[3] https://www.youtube.com/watch?v=DV6oAUZ0lPg

[4] https://www.youtube.com/watch?v=XXumn5foBqI

[5] http://www.pulzo.com/nacion/pastor-cristiano-dijo-que-santos-entrego-el-pais-los-brujos-y-causo-la-ola-invernal/147466

[6] Ver Minuto 12:10 https://www.youtube.com/watch?v=XXumn5foBqI

[7] http://www.altocomisionadoparalapaz.gov.co/Prensa/Paginas/2016/marzo/La-oacp-acompana-a-la-Iglesia-Menonita-en-su-apuesta-por-la-reconciliacion.aspx

[8] https://colombia.lutheranworld.org/es/content/cuenten-con-que-desde-la-federacion-luterana-mundial-les-acompanaremos-por-el-camino-hacia

[9] Comisión de Paz de la Iglesia Presbiteriana de Colombia. Carta al Presidente Juan Manuel Santos. Septiembre de 2016

[10] http://www.claiweb.org/index.php/15-para-banner-home/191-carta-pastoral-del-secretario-general-del-clai-sobre-el-acuerdo-de-paz-en-colombia

[11] http://www.lupaprotestante.com/blog/esta-colombia-inexplicable-me-llena-tristeza/

[12] https://www.facebook.com/alexander.puertahiguita?fref=ts

[13] https://www.youtube.com/watch?v=5dacMp0qKxs

[14] Paul Tillich, Teología Sistemática I. Salamanca, p. 15

[15] http://www.semana.com/on-line/articulo/a-quien-reza-presidente-alvaro-uribe/83619-3

[16] http://www.semana.com/nacion/articulo/plebiscito-por-la-paz-juan-carlos-velez-revela-estrategia-y-financiadores-del-no/497938