Por Ariel Corpus

Bajo la consigna “A favor de la familia”, el pasado 10 de septiembre cientos de personas salieron a las calles en algunas ciudades del país para protestar en contra del matrimonio igualitario. La protesta fue convocada desde el mes pasado por el Frente Nacional por la Familia, y se suma a una más de carácter nacional prevista para el próximo 24 del mes en curso en la capital del país.

Es vox pupuli la relación del Frente con la jerarquía católica, la que ha mostrado el interés por interferir en la política de un país donde la separación entre el Estado y las iglesias tiene cerca de siglo y medio, y a la cual se suma una turba de “hermanos separados” seducidos por las consignas que reviven los aires cristeros.

Intriga saber si las personas que marcharon forman parte de una “familia natural” como en sus términos la entienden: papá, mamá e hijos. O bien, si papá y mamá quienes componen ese “tipo ideal” de familia están casados civil y religiosamente.

La “familia natural”, tal como los manifestantes la entienden, sólo existe como un “tipo ideal”, mismo que se ha constituido en el tiempo con base en preceptos religiosos e incluso cívicos hasta llegar a ser un modelo social aceptado y anhelado. Sin embargo, las transformaciones de la sociedad modifican constantemente las estructuras de organización social, entre ellas las familiares, lo que implica que cada vez resulta menos común encontrar este tipo ideal. Cabe resaltar que las formas de organización colectivas derivan de acuerdos y conveniencias sociales de modo que los sistemas se modifican con el tiempo, así que lo “natural” –en este caso la familia– no es más que un acuerdo que puede reificarse e institucionalizarse.

Lo anterior implica que la “familia natural” no es más que uno de muchos modelos que existieron, existen y existirán en la sociedad mexicana, y que su idealización encuentra cabida en el marco de una sociedad capitalista que ofrece anhelos de autonomía del núcleo parental. El correlato de ello nos lleva a observar diversas maneras de conformar familias no sólo a partir de lazos consanguíneos, sino también mediante las redes de solidaridad, apoyo e incluso necesidad económica. Casos hay muchos: desde la “madre o padre soltero” que vive con su hijo o hija en casa de sus padres; de quien tiene más de 30 años y radica en el ámbito paterno porque su salario no alcanza para rentar un espacio propio; de aquellas parejas que viven en casa de alguno de los suegros; de los denominados roomies que deciden rentar un espacio ya sea por motivos laborales, educativos o simplemente por afinidad; y, también donde alguna pareja recibe en su casa al primo, sobrina, tía, abuelo, etc. Las posibilidades son amplias.

Quien escribe estas líneas está convencido que muchos de los que marcharon conforman parte de la diversidad de modelos familiares. Entonces, qué tanto les molesta a los manifestantes si es que existen diversos modos de ser familia. Sin duda, su problema es que se trata de las denominadas familias homoparentales, a las que adjuntan un temor por las “posibles consecuencias” que pueden tener: para los niños (si es que deciden adoptarlos), para el crecimiento poblacional (se habla hasta de la extinción de la raza humana), para la familia como el núcleo de la sociedad (ya se habló del “tipo ideal de familia”), para la educación sexual (seguro que los niños saben más que esos padres), para la política (con la llamada “ideología de género” y el “lobby gay”), entre otros muchos temores. Incluso han llegado a decir que el gobierno les quitará a los padres el derecho de educar a sus hijos (¿de dónde diantres tomaron esta información?). Todo lo anterior se resume en una palabra: homofobia.

Con respecto al matrimonio, para los manifestantes es claro que éste sólo tiene lugar “entre un hombre y una mujer”. Indican también que se trata de un acto “instituido por Dios”. Tal aseveración no tiene problema alguno si así lo practican como parte de sus propios credos, pero al pretender imponer sus preceptos religiosos siguen sin entender a qué se refiere la laicidad que el Estado debe tener al momento de legislar.

Ahora bien, si el marco donde se instituye el matrimonio igualitario es una figura cívica, qué tanto les preocupa a los manifestantes. Por un lado nadie les impedirá casarse civil ni religiosamente, por otro lado nadie obligará a las iglesias a celebrar nupcias entre personas del mismo sexo, justo porque el matrimonio civil es competencia del Estado así como el religioso es de las iglesias. Su temor porque las personas del mismo sexo se casen refleja una postura de intolerancia y homofobia, lo que no es cosa menor pues tal actitud denota un temor hacia la ruptura de un orden clasificatorio que blindan a partir de lo que llaman “lo natural” o “el diseño original”, y cuando este orden se pone en “riesgo” se construye lo anómalo, aquello que según sus propios parámetros no es “natural”.

No obstante, el matrimonio en tanto ritual simbólico –sea civil o religioso–ha dejado ser necesario para ejercer los roles convenidos por la propia sociedad; es decir, hoy en día no hay necesidad de estar casados para ser padre o madre, tampoco para ejercer la paternidad y maternidad sin procrear, aún menos el hacer una vida en pareja sin hijos. Sin embargo, aunque el matrimonio igualitario busca expandir las posibilidades de las personas para que cumplan sus expectativas de vida (el casarse es una), no deja de ser paradójico su legitimidad para la sociedad; es decir, que a pesar de que el matrimonio como figura legal o alianza religiosa ha dejado de ser importante como expectativa de vida para una parte de la sociedad, aún mantiene una gran carga simbólica.

Por todo lo anterior, la marcha del 10 y la venidera del 24 no sólo deja de ser un problema que atañe a los derechos de las personas, además de las constantes violaciones al Estado laico, de lo que ya se ha escrito mucho. Lo que se pone en el centro del debate es la misma constitución del mundo social. Como se escribió tiempo atrás: del modelo de sociedad que se pretende establecer. No es cosa menor que la jerarquía católica y la turba evangélica quieran normar, legitimar y definir los contenidos en torno a la familia y al matrimonio, es decir: el cómo deben ser. Más preocupante es que lo pretendan hacer en una sociedad plural.

Coda. No se puede dejar pasar por alto que tales marchas han polarizado a la sociedad. Es evidente que hay desacuerdos, empero, los hay de modo razonables y no razonables. El Frente Nacional por las Familias, la jerarquía católica, la turba evangélica y los manifestantes en general se inscriben en estos últimos, ya que al pretender la “naturalidad” de la familia y el matrimonio, restringen los derechos de otros, cierran el diálogo y construyen muros que impiden transitar hacia una sociedad más equitativa.