Por Aníbal Torres

La presencia de las máximas autoridades del Estado argentino en ceremonias religiosas como el Te Deum patrio constituiría una suerte de postración de la soberanía popular ante las concepciones metafísicas, las cuales deberían quedar recluidas en el ámbito de la esfera privada para garantizar la laicidad. Esta opinión drástica tiene sus conspicuos defensores[1]. No obstante, aquí destacamos cómo esas celebraciones bien pueden ser ocasiones para que las comunidades religiosas contribuyan positivamente con el régimen democrático.

En este sentido, podemos hacer una comparación entre Argentina y el Reino Unido. En ambos países es usual que los gobernantes concurran a ceremonias religiosas en ocasiones especiales. No obstante, cabe advertir una diferencia importante entre ambas experiencias. En Gran Bretaña, los oficios a los que asiste el monarca en su condición de jefe de Estado (por ejemplo, en la Abadía de Westminster) sobresalen ante todo por la ejecución de rituales de antaño. Aquí el acento se pone tanto en las vestimentas como en la música (con las notables interpretaciones de obras de los grandes maestros de la Capilla Real, Purcell y Handel), produciendo con gran esmero un salto entre la vida cotidiana del país y tales momentos de pompa y solemnidad.

A diferencia de lo anterior, en Argentina las ceremonias religiosas oficiales tienen la sobriedad propia de una República democrática. No se trata de encuentros donde lo fundamental radica en la repetición de ritos inmemoriales sino en la celebración rememorante de algunos hechos que jalonaron la vida de la nación. Aquí la atención no se dirige tanto a la repetición del ritual litúrgico (hasta el canto del Te Deum ha ido cambiando, de la versión de Mozart a la de Zipoli) como a las palabras que, año a año, se pronuncian ante las máximas autoridades, donde lo coyuntural gana lugar por sobre lo atemporal.

De esta manera, en el pasado reciente algunas intervenciones pronunciadas en el marco del Te Deum patrio han tenido gran repercusión social a través de los medios de comunicación. No sólo están las ya famosas homilías del entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, exhortando a la unidad en las diferencias, a conjugar una democracia representativa y de vigorosa participación popular, sino también la de otros líderes religiosos. Así, se recuerdan por ejemplo los dichos del rabino Daniel Goldman (de la comunidad de Bet El), quien en el Te Deum por el Bicentenario de la Revolución de Mayo, en Luján (2010), evocó la memoria de “los pueblos originarios (…), los obreros muertos en la Semana Trágica (…), los desaparecidos en la dictadura y los chicos de Malvinas. (…) los muertos en la Embajada y en la AMIA.
la memoria de las voces marginadas, de los pobres y los excluidos”.

Ya con el Gobierno presidido por Mauricio Macri, el nuevo arzobispo de Buenos Aires, cardenal Mario Poli, en el Te Deum del pasado 25 de Mayo se refirió a la candente cuestión social pidiendo el “…coraje para crear espacios y mesas donde compartir la sabiduría del diálogo, donde las ideas superen las ideologías y donde nadie se levante hasta encontrar acuerdos razonables y duraderos”.

En la celebración del Bicentenario por la Independencia, en Tucumán, las palabras que los representantes de diferentes comunidades religiosas dijeron en el Te Deum del 9 de Julio tuvieron un hondo contenido social[2]. El arzobispo Alfredo Zecca, quien presidió la ceremonia en la Catedral, señaló: “Los argentinos tenemos ante nuestros ojos el desafío de comenzar el tercer centenario haciendo de la libertad la piedra de toque de una sociedad verdaderamente pluralista y democrática. Pero para ello hemos de redescubrir el sentido de la ley, de las instituciones, de la autoridad – que no es autoritarismo -, del capital, del trabajo y, desde luego, del delicado equilibrio que debe haber entre verdad, diálogo y consenso”, refiriendo más adelante “el fructífero diálogo interreligioso que hemos podido constituir y que tantos frutos de verdadera fraternidad está produciendo…”. Cuando allí habló Siluan Muci, arzobispo metropolitano de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa del Patriarcado de Antioquia, señaló que la Virgen María debía “ser inspiración y bendición para servir a la patria y servirnos mutuamente, con caridad, desprendimiento y generosidad”.

Hacia el final de la ceremonia hablaron otros líderes religiosos. Salomón Nussbaum, rabino de la Kehilá de Tucumán, recordó a los inmigrantes judíos y su trabajo, señalando luego: “Qué bueno y placentero es vivir unidos y hermanados”. A continuación, Ferando H. Suárez, presbítero de la Iglesia Evangélica Metodista en Argentina, apuntó: “Los ideales y las aspiraciones federales y republicanas declaradas en el Congreso de Tucumán todavía están lejos de ser alcanzadas para la totalidad del pueblo argentino”, pidiendo “profundizar nuestra democracia y la defensa de los derechos humanos. Para que todo argentino y argentina tenga oportunidad de una vida digna, donde no falte el trabajo, y la asistencia a la salud, y a una buena alimentación, y a la educación, al acceso a la vivienda, a la tierra, a la recreación, a una buena jubilación y al progreso”. Seguidamente, el Sheij Abdel Naby El Hefnawy, del Centro Islámico de la República Argentina, señaló que “el amor a la patria es parte de la fe, y que la convivencia en paz entre las distintas razas y religiones que habitan este bendito suelo sirva de ejemplo a todas las naciones del mundo”. Finalmente, cerrando las invocaciones, el pastor Jorge Gómez, director general de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas, dijo: “que aprendamos de tu Palabra a no hacer acepción de personas, sino que transformemos en leyes y actos el sentido de la igualdad”, señalando que “el narcotráfico, la corrupción y la pobreza serán vencidos por nuestro compromiso y fe en un Dios que todo lo puede”.

Estas expresiones ilustran cómo tales oficios del ceremonial de Estado sobresalen ante todo por los dichos que allí se dicen, antes que por la puesta en acto de un ritual. La prensa se hace eco de los señalamientos que los líderes religiosos hacen, en primer lugar, a la dirigencia política (empezando por el Gobierno de turno) y, más en general, a la sociedad en su conjunto. Esta apuesta fuerte por la palabra y su carácter performativo respecto a la vida de la comunidad política (convicción básica que comparten diversas confesiones religiosas) refleja el potencial de las comunidades de fe en su contribución con el régimen democrático. En el inicio del tercer siglo de vida independiente, esta agenda social del diálogo interreligioso en Argentina lo muestra como una de las fuentes del dinamismo cívico en paz y diversidad, antes que causal del anestesiamiento del pueblo soberano.

[1] En una crítica dirigida particularmente hacia la Iglesia Católica, se tiene la opinión de Zanatta http://www.lanacion.com.ar/1907503-el-mito-de-la-nacion-catolica

[2] Seguimos aquí la fuente audiovisual de la ceremonia https://www.youtube.com/watch?v=nG_FpXfC4Tc