Por Aníbal Torres

La esfera estatal y la esfera religiosa en Argentina tienen un momento privilegiado de intersección en la celebración del Te Deum que dispone el ceremonial oficial. Se trata de una larga tradición que excede al propio país, pues tiene su raíz en la liturgia que por siglos ha rodeado al poder en Occidente.

Tanto para cada 25 de mayo (conmemoración de la Revolución y primer Gobierno patrio de 1810) como en cada 9 de julio (por la Declaración de la Independencia nacional en 1816), el presidente de la Nación, su gabinete, las autoridades de los Poderes Legislativo y Judicial, el cuerpo diplomático e invitados especiales concurren a la Catedral de Buenos Aires y a la Catedral de Tucumán, respectivamente. Estos oficios religiosos forman parte de las escasas ocasiones en las cuales se encuentran reunidas en un mismo sitio las máximas autoridades del Estado Nacional.

En el régimen democrático, dicha tradición se vio incluso profundizada. Esto es así ya que además de las fechas señaladas, los rituales de asunción presidencial contemplan la realización de una ceremonia religiosa. Así, según el protocolo, la legitimidad (inmanente) que el nuevo mandatario recibe de los votos de los ciudadanos es complementada con la bendición (trascendente) de la divinidad. Esto manifiesta que el régimen político representativo contiene un aspecto teológico (también con la división del tiempo político en sacro y profano).

Prácticamente hacia comienzos del siglo XXI se da un giro notable en la realización del Te Deum al permitirse la participación de los demás cultos. Así, por ejemplo, en la celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo en 2010, la presidenta Cristina Kirchner dispuso que el Te Deum se realizara en la Basílica de Nuestra Señora de Luján. Aquí no sólo habló el obispo diocesano sino también representantes de las iglesias ortodoxa y evangélica, y de las comunidades judía e islámica.

De esta manera, el ceremonial del Estado laico recepcionó positivamente el fluido diálogo ecuménico e interreligioso que desde mediados del siglo XX se viene dando en el país. Sin embargo, se trata de algo que no parece tener aún un carácter permanente. Si bien ya es práctica consolidada invitar a cada Te Deum y ceremonia de asunción presidencial a los cultos no católicos, no siempre –incluso con posterioridad a 2010- se les ha permitido tener una participación activa en tales ceremonias. Concretamente, en las ocasiones en las cuales las autoridades gubernamentales pidieron que el Te Deum no durara mucho tiempo, sólo se dejó lugar a la homilía del obispo pero no hubo invocaciones de los demás líderes religiosos presentes.

Con el Gobierno de la coalición Cambiemos ese carácter pendular entre la limitación del ceremonial oficial a lo católico y la apertura al pluralismo religioso, no ha variado. Sin bien Mauricio Macri participó de un oficio ecuménico e interreligioso en la Catedral porteña el día posterior de asumir a la Presidencia, luego el Te Deum del 25 de mayo volvió a tener el carácter de una celebración típicamente católica. Allí estuvieron los representantes de las otras comunidades de fe pero sólo tomaron parte del saludo protocolar al Jefe de Estado. Si bien no forma parte de los oficios religiosos que estamos comentando, cabe mencionar la visita que el 23 de marzo hizo el presidente Barack Obama a la Catedral de Buenos Aires, en el marco de su viaje oficial al país y como gesto de gratitud a Francisco por su mediación en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba. El hecho de que no se invitara a representantes de otras confesiones generó malestar en algunos líderes religiosos.

No obstante, en el Te Deum oficiado en Tucumán por el Bicentenario de la Independencia se siguió la impronta aperturista que tuvo la referida celebración de 2010 en Luján. Además del arzobispo, este 9 de julio los representantes de las comunidades ortodoxa, evangélica, judía y musulmana realizaron invocaciones en favor del pueblo y Gobierno argentino.

Es deseable seguir este camino y no restringir la participación de los diferentes cultos sólo a las grandes conmemoraciones (como los bicentenarios). Hace 500 años, Tomás Moro imaginaba en su república de Utopía la existencia de templos interreligiosos, donde se pudieran congregar fraternalmente creyentes de diferentes denominaciones (Libro II, sección i). Puesto que Argentina ha dado muestras de que eso se puede concretar en su democracia teológico política, queda adaptar más el ceremonial de Estado a esa realidad plural.