Por Daylins Rufin Pardo

En nuestro país, como en muchos otros, existen diversas acciones para contrarrestar la situación de emergencia ecológica en que estamos sumidos como aldea global. Estas tienen lugar a escala macro o micro, e involucran también a diferentes actores sociales. Como resultado de esto, una especie de propedéutica medioambiental ha llegado poco a poco a formar parte de nuestro acervo socio-cultural, pero pese a los nobles esfuerzos es posible detectar que los criterios de contaminación y sostenibilidad distan mucho de estar presentes en la manera en como interactuamos ahora. La presencia religiosa en el medio social, está dando alarmantes cuentas de ello.

Después de los años noventa y como parte de la crisis que nos provocó la caída del bloque socialista europeo, hubo un crecimiento considerable no sólo de la filiación a grupos religiosos presentes en nuestra isla, sino también de nuevos movimientos religiosos que llegaron con propuestas espiritualidades que culturalmente nos habían sido bastante ajenas como la Budista en alguna de sus ramas y más recientemente los grupos de Espiritualidad maya, por sólo mencionar algunos. Producto de este devenir socio-político, una gran diversidad religiosa antes poco o nada vista, convive hasta hoy visiblemente por nuestras calles bajo el sol caribeño: desde las personas iniciadas en la santería, con sus collares y ropajes blancos; hasta las mujeres veladas, afiliadas a alguna vertiente del islam. Es curioso, sin embargo, que aunque el auge de estas prácticas ha coincidido socio-históricamente con el énfasis ecológico y sostenible de la agenda mundial ambiental; muchas de estas no incluyen estos criterios en la propia configuración de su praxis.

Cuando estamos hablando de Ecología, no estamos hablando solamente de algo externo al ser humano, sino de un asunto que también tiene que ver con la forma como nos relacionamos las personas entre nosotras mismas; pero hoy día una suerte de contradicción dualística entre el mundo (todo lo que está afuera de mi grupo de fe) y la comunidad humana que logramos ser, se hace explícita en la forma de relacionamiento en que devienen socialmente muchos de estos grupos diversos y sus acciones.

Bástenos caminar por alguna de nuestras calles. Es muy probable que en alguna de sus esquinas podamos encontrar restos de animales, ofrendas de frutas, huevos reventados e incluso dulces: cosas que forman parte de los ritos inherentes a algunas de las religiones cubanas de origen africano y que contaminan con su descomposición el entorno barrial. Así mismo la presencia de cultos en casas de familia- fenómeno aún muy creciente que ha estado aparejado al crecimiento religioso antes mencionado- suele ser fuente de una alta contaminación sonora. Tal es el caso de los cultos carismáticos, por ejemplo. Estos toman lugar muchas veces en hogares pequeños de nuestras barriadas y no sólo se exceden en decibles, sino también en tiempo, durando a veces hasta altas horas de la noche.

Una concepción antropológica y un imaginario ético, entre otras variables, informan las maneras en que logramos convivir. Una religión donde sus miembros desconozcan su estar ligado con el resto de lo que existe, es políticamente alienante desde el punto de vista humanitario. Los criterios de contaminación y sostenibilidad distan mucho de estar presentes en nuestra actual configuración religiosa en el medio social, y su diverso actuar está dando alarmantes cuentas de ello.

La persistencia de prácticas agresivas y degradantes del ambiente y la calidad de vida del medio provenientes de distintas matrices religiosas, tienen un costo socio-religioso y político muy fuerte. A medida que se naturalizan, acrecientan también junto con ello los fundamentalismos de todo tipo. Sobre todo los ateos, que en nuestro caso particular, siguen siendo una limitación que forma parte del imaginario socio-religioso de algunas de nuestras generaciones. Como toda agresión, provocan rechazos que refuerzan prejuicios hacia los diferentes grupos y sus cosmovisiones, lo cual impacta en la posible instauración de una cultura de paz, basada en el respeto al diálogo interreligioso y oikuménico, como medidas de valor y desarrollo humano y planetario.

Las religiones que persistan en desconocer las coordenadas de estos, por ausencia de sentido común podrán volverse humanamente enajenantes. Por falta de proyección eco-ambiental se volverán, en todo caso, insostenibles.