Por Juan Fonseca Ariza

La homofobia es discurso y práctica. Quien reproduce lo uno también indirectamente produce lo otro. Eso es algo que no entienden muchos de quienes hace unas semanas se solidarizaban con las víctimas de Orlando, pero que a la vez sueltan afirmaciones como “Tengo amigos gays y no los discrimino, pero eso sí que no se acaricien frente a mí”. El discurso construye la acción, y la acción refleja el discurso. Según el lingüista Norman Fairclough, “el discurso es un modo de acción, una forma en la que las personas pueden actuar sobre el mundo y en especial sobre ellos mismos, así como también sirve como un modo de representación”[1].

¿Qué significa? Pues en el caso de la homofobia que existe una clara imbricación entre lo que se piensa, se dice y se hace sobre las personas lgbt, tanto en el ámbito individual y social. La mayoría no explicita lo que piensa por corrección política. En todo caso, solo muestran su homofobia light con la sutileza del “los comprendo y tolero pero votaré en contra de sus derechos”. De estos hay muchos en la política. De hecho, la mayoría de los congresistas que votaron en contra la inclusión de los crímenes de odio por orientación sexual e identidad de género en los años previos expresan este tipo de homofobia pasiva. Y también los hay en las iglesias, el otro fortín homofóbico. Por ejemplo, cuando algunos pastores dicen “No los discriminamos. Les damos la bienvenida en nuestras iglesias. Pero eso sí, tienen que dejar de ser lo que son.” Sería como decirle a un afroperuano, que lo aceptan en la iglesia, pero que si quiere ser parte de ella tiene que blanquearse.

Pero dentro los políticos y religiosos también están quienes pasan del pensar al decir. Escuchar los argumentos de congresistas ultraconservadores como Julio Rosas (evangélico) o Martha Chávez (católica) en legislaturas pasadas era como sentir vergüenza ajena por su gran pobreza intelectual. Pero, a la vez, dan miedo, pues serán perezosos para pensar pero muy hábiles para acumular poder. Lo mismo podemos decir del integrismo cristiano homofóbico, cuyos exponentes van desde el poderoso cardenal Juan Luis Cipriani hasta el excéntrico pastor evangélico Alberto Santana. Y también los hay en la prensa. No hay nada más peligroso que el ignorante poderoso, pues el discurso de estos promotores voluntarios de la homofobia legitima a quienes desde la vida de a pie también reproducen, en modo prosaico, el discurso homofóbico. Lo hacen los choferes cuando insultan, los ociosos de la red cuando se quedan sin argumentos, los muchachos cuando quieren humillar, etc. Actúan así sostenidos por la gran aceptación social de la homofobia en nuestro país, y porque además se legitima y “respetabiliza” cuando obispos y pastores, políticos y periodistas la avalan y hasta la celebran.

Por ello, me pareció espeluznante que en el proceso electoral reciente, un personaje tan nefasto como el pastor Santana haya recibido el respaldo simbólico de quien quería ser la primera presidenta mujer de nuestra historia. Aunque luego tímidamente dijo que discrepaba con él, lo concreto es que con su presencia y su firma avaló todo el chorro de ofensas que el pastor lanzó desde su púlpito. Y ojo que Keiko Fujimori no fue la única política ahí.

Hay algunos pocos que traducen en acciones lo que otros solo dejan en el pensar y el decir. Y allí surgen los locos como el que asesinó a medio centenar de jóvenes en Orlando hace dos días. Varios ya han empezado atenuar el componente homofóbico diciendo que fue un acto de terrorismo convencional. Seguro, pero incubado en ese coctel peligroso de integrismo religioso-homofobia-violencia. Y no solo ocurre allá lejos, sino cada semana y mes acá en nuestro país, cuando hombres y mujeres gays, lesbianas o transexuales sufren de acoso, golpes y violencia, que en no pocos casos los lleva a la muerte. Claro, para ellxs no hay cobertura en los medios, solo alguna nota denigrante en la prensa amarilla.

La homofobia no solo se expresa en el acto de matar o de golpear. Esos actos espantosos son solo la punta del iceberg de toda una estructura ideológica, discursiva, que lo legitima y sostiene. Y en ello estamos todos comprometidos. Por tanto, no vale solo condenar la barbarie del loco de Orlando, sino reflexionar un poco en cuanto cada uno de nosotros contribuye en que el iceberg de la homofobia social siga destruyendo vidas.

[1] Fairclough, N. (1992), A Social Theory of Discourse. Cambridge, Reino Unido: Polity Press, p. 63.