Por Ely Orrego Torres

En octubre del año pasado, la presidenta Michelle Bachelet hizo el anuncio del proceso constituyente en Chile. Este proceso buscaría cambiar la actual constitución chilena, que fue fruto ideológico y jurídico de la dictadura de Augusto Pinochet, en manos de Jaime Guzmán. Por ello, el proceso convocado es uno de características únicas en el país, considerando que por primera vez en la historia de Chile se hace un llamado a la ciudadanía para ser partícipe de un cambio constitucional. Anteriormente, no se abrió el espacio para el diálogo ni la participación ciudadana en ninguna de las constituciones aprobadas, sino que en su mayoría fueron dictaminadas bajo regímenes autoritarios y de inestabilidad democrática. Y aunque este proceso, en particular la primera parte de los Diálogos Ciudadanos, no se ha salvado de las críticas por la metodología y participación, es un primer intento de acercar la ciudadanía a la discusión sobre lo político.

Y aquellas personas que profesan alguna religión, no han estado ajenas del proceso. Quienes pertenecemos a la vida comunitaria del cristianismo, hemos visto con curiosidad cómo distintas congregaciones e iglesias, desde sus diferentes denominaciones, se han sumado a los llamados Encuentros Locales Autoconvocados (ELA). Y lo es, porque aún en nuestro país existe una fuerte división entre aquellas comunidades que ven a la política como una esfera mundana, ante la que como cristianos no debemos inmiscuirnos, a no ser que sea para cumplir con el “deber cívico” o para llevar la Palabra de Dios hacia esos políticos sin Cristo. Pero en los últimos años se ha visto cómo ha mutado esta idea, desplazándose a espacios alternativos de participación y discusión sobre política y religión. En particular, desde la voz de las nuevas generaciones que han instalado esas temáticas en sus espacios, tales como universidades e iglesias, a partir de la fe cristiana.

En ese sentido, esta primera etapa participativa ha sido una instancia para que distintas visiones de cristianismo confluyan en el espacio público. Los ELA han consistido en la discusión de cuatro categorías: a) valores y principios, b) derechos, c) deberes y responsabilidades, d) instituciones, junto con una última parte que trata sobre el aporte a la memoria histórica para las futuras generaciones. Cada una de las categorías contemplaba una amplitud de conceptos que permitían la discusión en grupos de un mínimo de 10 personas hasta un máximo de 30 personas. Éstos podían ser autoconvocados en espacios privados (como casas particulares), así como en espacios públicos (juntas de vecinos, instituciones de educación, entre otros). Pese a ello, se ha criticado la poca participación, considerando que es una etapa abierta y donde la burocracia participativa se reduce a la metodología de inscripción online, donde el alfabetismo digital ha sido un requisito importante.

No obstante las críticas que se puedan esbozar al proceso mismo, quisiera hacer énfasis en este proceso como una oportunidad de evidenciar las posturas cristianas en el espacio público chileno. Sobre todo cuando hablamos de los principios y valores en los que cada uno hace énfasis, al momento de referirnos qué debemos defender en una nueva constitución. Porque así como este proceso ha servido para sumar (y restar) posturas políticas de derechas o izquierdas; si se han sumado, lo fue con el propósito de instalar o defender lineamientos que se condicen con su visión política del cristianismo. De ese modo, el ELA desarrollado por la Catedral Evangélica de Chile (Jotabeche), la Coordinadora Evangélica de Pastores de la Quinta Región, así como las convocadas por iglesias históricas, tales como la Iglesia Católica, Evangélica Luterana o Bautista, discrepan entre sí ideológicamente en sus resultados. Igualmente en instancias ecuménicas que se han desarrollado con integrantes del Foro Religioso por la Paz, la Mesa Ampliada de Entidades Evangélicas en Chile, el Movimiento de Estudiantes Cristianos o la Coalición Ecuménica por el Cuidado de la Creación[1].

Encontramos que mientras que en algunas se ha marcado un fuerte énfasis en el derecho a la vida, el patriotismo y la democracia, en otras se han impulsado discusiones hacia aspectos que la actual constitución no considera, tales como la igualdad de género o el respeto por el medio ambiente. Todos aspectos que son sustentados desde nociones de fe y cristianismo diversas entre sí, pero que permiten entender que hoy Chile está cambiando su noción de la política. Un entendimiento que muestra la diversidad de posturas, propia del evangelicalismo, donde debiera primar el diálogo y pluralismo de ideas. A diferencia de cómo algunos “evangélicos” han salido al espacio público para denigrar formas de vida, basándose en discursos de odio y violencia, los que contribuyen a los prejuicios existentes sobre la visión “evangélica”. En ese sentido, ser evangélico y/o protestante en Chile, es más complejo de lo manifestado en los medios de comunicación. Y pareciera que las nuevas generaciones serán aquellas que permitirán (o no) una visión distinta de cómo entender lo político en diálogo con la fe.

[1] Enumero aquellas de las que he tenido conocimiento y/o participación, asumiendo que deben existir otras que estoy dejando de lado en esta enumeración. Pero de una u otra forma, no contradicen mi argumento, sino que afirmarían la existencia de diversidad de resultados dependiendo de la denominación religiosa.

30 de junio de 2016