Por Nicolás Iglesias

Ningún observador atento de la realidad social uruguaya puede dejar de notar que la presencia religiosa en el ámbito público se ha tornado un factor de análisis, debate y controversia. Actores sociales y políticos antes muy tímidos para abordar la cuestión religiosa, ya que esta sería propia del ámbito privado, han visto invadidas sus agendas políticas y sociales con referencias a temas religiosos. Diferentes hechos sean instalado en el debate casi cotidiano de los medios de comunicación, cafés, tertulias y seminarios académicos se preguntan sobre los discursos y practicas político-religiosas de los uruguayos y uruguayas.

Esto concuerda con lo que los investigadores Marcos Carbonneli  y Mariela Mosqueira plantean en que “asistimos a un proceso de “desprivatización” de la religión en el mundo moderno, que supone el avance de las religiones modernas sobre el espacio público, quebrando las fronteras de la esfera privada, en una cruzada por la reconfiguración de la sociedad civil.” Este proceso se da claramente en Uruguay con varios ejemplos, de los cuales hoy solo nos detendremos en dos. La discusión sobre la presencia de monumentos religiosos en espacios públicos y la creciente presencia de referentes y discursos religiosos en la política partidaria uruguaya.

En Montevideo existen al menos una decena de símbolos religiosos en lugares públicos, monumento al Holocausto, Cruz Armenia,  Iemanja, Confusio, la Cruz de la visita y el monumento a Juan Pablo II, entre otros. En un país donde algunos sectores defienden una laicidad jacobina, la presencia de simbología religiosa en los espacios públicos de la capital genera debates,  en especial entorno a nuestro modelo de laicidad. A comienzo del año el detonante fue el proyecto de instalación de una Virgen de unos cuatro metros del culto católico en la rambla de Montevideo. A los pocos meses referentes afroumbandistas han pedido la colocación de un símbolo de su religión de unos 25 metros de alto en otro lugar céntrico de la ciudad. Destaco el dato del tamaño de los monumentos y su ubicación porque sin duda de fondo existe una disputa por el espacio y la presencia pública de los diversos cultos. Estos hechos han permitido una nueva discusión sobre: la laicidad excluyente o inclusiva, la presencia y uso equitativo del espacio público, la representatividad de tal o cual culto de la cultura uruguaya, la generación de espacios culticos en lugares públicos, en toda esta discusión participan desde referentes religiosos, grupos sociales (masones y feministas especialmente), sociólogos, arquitectos, políticos, antropólogos, entre otros.

Otro de los hechos sobre el cual nos detendremos es el de la creciente presencia del discurso religioso y la fundamentación “bíblica” en el recinto parlamentario. Este hecho viene de la mano con la creciente visibilidad de legisladores que se identifican con sectores religiosos conservadores dentro del espectro evangélico, católico y judío. Este grupo de legisladores ha realizado una serie de actos políticos-religiosos en especial articulando un discurso entorno a la defensa de los valores tradicionales, la familia y a la oposición a las leyes recientemente aprobadas en Uruguay sobre matrimonio igualitario, salud sexual y consumo de cannabis.

Este fenómeno se da en el marco de una fuerte pentecostalización del mundo evangélico uruguayo, con una especie de salida del “closet” o del “gueto” religioso de muchos pastores y líderes evangélicos al mundo social y político. Esta salida al mundo, se da de la mano de una reinterpretación cosmológica del dualismo Iglesia-Mundo, siguiendo a Wynarczyk (2006), el mundo el lugar que antes era considerado como la “fuente de todo mal” por el cual se predicaba el alejamiento del mundo y el mantenerse resguardado en el templo se cambia radicalmente. Ahora el mundo  se vuelve en el  lugar a conquistar para “el Señor”. Se pasa a un dualismo positivo,  que exhorta a la acción en el mundo, para tomar el poder en las estructuras sociales, políticas, económicas, culturales y geográficas. En este contexto el fiel ahora es un militante político, que junto a los aliados políticos religiosos que defienden los mismos “valores” salen a desplegar una guerra espiritual (Cfr. Wynarczyk, 1995) contra las fuerzas del mal con el objetivo de liberar, salvar y ganar almas y territorios para el Señor.