Por Verónica Flachier

Ha transcurrido un poco más de dos meses y la tierra sigue temblando en Ecuador. Las réplicas del terremoto del pasado 16 de abril no permiten que los habitantes de la costa ecuatoriana puedan caminar seguros hacia la reconstrucción.

En medio del dolor y los escombros que dejó el terremoto de 7.8 º en la escala de Richter al azotar varios pueblos del Ecuador, hay un factor que como un bálsamo llenó de esperanza a las víctimas en un primer momento: la solidaridad. A raíz del movimiento telúrico, este rincón sudamericano se convirtió en el centro de la atención de los medios del mundo, atrayendo así una lluvia de solidaridad insospechada. Decenas de equipos técnicos nacionales e internacionales y toneladas de carga con alimentos, agua, medicinas, vituallas, han sido movilizados hacia la golpeada zona costera.

Casa adentro, gran parte del pueblo ecuatoriano que horas antes del terremoto protagonizaba una lucha sin cuartel a causa de sus posiciones políticas contrarias, parecía dar muestras de madurez al dejar de lado sus tendencias partidistas e intereses personales, para lograr reconfigurar un escenario de verdadera hermandad al hacer suya la tragedia.

Pero no, lo cierto es que tal panorama no tenía bases sólidas. El fervor que unió a los ecuatorianos en las primeras horas concluyó tempranamente, cuando líderes gubernamentales decidieron organizar, articular y hasta “institucionalizar” la solidaridad a través de propuestas que incluyen, entre otras medidas, imposiciones tributarias que no golpean a los estratos más desfavorecidos, sino que tienen efecto más bien en las franjas poblacionales de mayor poder adquisitivo.

De pronto, los medios de comunicación y las redes sociales reportan no solo el estado de las comunidades afectadas, sino que nuevamente están plagados de insultos, agresiones, interpretaciones antojadizas, manipulación de imágenes y discursos sacados de contexto.

Los líderes de opinión y prematuros candidatos a las próximas elecciones del 2017, encontraron el pretexto perfecto y no han tardado en reorientar sus energías, sus discursos y sus fondos hacia la campaña en contra de las distintas instancias del actual gobierno, dejando ver que todos sus dispositivos de marketing electoral están dirigidos a ganar adeptos antes que a socorrer a las víctimas.

Un panorama político internacional confuso contribuye al desconcierto. Golpes a la democracia, constataciones de juegos sucios y planes desestabilizadores financiados desde el exterior se conjugan para enrarecer aún más la escena.

En medio de todo este caos, antes y después de la tragedia, percibimos la no-presencia de un actor fundamental de cualquier sociedad: la Iglesia. En Ecuador, un país mayoritariamente religioso, pocas iglesias –católico romanas o protestantes- se han hecho presentes con el nivel de liderazgo que la aciaga hora demanda. Hay un lugar vacío en el sitio de la iglesia profética, de la iglesia que transforma denunciando estructuras injustas. Nos preguntamos dónde está esa iglesia que no se conforma con la misa de domingo y la caridad, sino que camina junto al más desvalido, que peregrina junto a su pueblo más allá de lo coyuntural. No se escuchan las voces que anuncian el Reino de Dios, nadie nos habla de paz.

A esta misma hora, en las polvorientas calles de los pueblos costeros del Ecuador se tejen historias y sombreros, se cocinan sueños y esperanzas en ollas comunitarias. Durante el día las víctimas del terremoto se organizan con creatividad y valentía para enfrentar su nueva realidad y durante la noche siguen durmiendo a la intemperie por miedo a nuevas réplicas.

En los centros urbanos, los grandes medios, los aspirantes al poder, gobernantes y gobernados, hemos vuelto a la arena de la descarnada diatriba política, en tanto que la Iglesia mantiene un silencio ensordecedor que desborda indiferencia, indolencia y complicidad.

Bien sentenció Jesús hace más de dos mil años: “por sus frutos los conoceréis”.